Los escritores de antes (Bolaño en Blanes 1996-1999)

Written in Spanish by Enrique Vila-Matas

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Qué más que / saber salir de las cuerdas
–Mario Santiago

Monterroso escribió que tarde o temprano un escritor latinoamericano enfrenta tres posibles destinos: destierro, encierro o entierro.

A Bolaño le conocí justo al final de su etapa de encierro, aunque sería más exacto llamarla de anonimato, de aislamiento, de enclaustramiento.

Le conocí un 21 de noviembre de 1996 en Blanes en el Bar Novo, un local que era una especie de «granja catalana», uno de esos centros que se caracterizaban por su decorado lechero e impoluto; lugares en realidad tan supuestamente higiénicos como horribles, sobre todo para quien, como yo en aquellos días, amaba la turbia negrura de los grandes bares nocturnos.

Había entrado en el Novo con Paula de Parma a tomar un zumo, y justo lo acababa de pedir cuando entró Roberto Bolaño. Ella, que trabajaba en un instituto de Blanes, acababa de leer Estrella distante (recién publicado por Anagrama) y recuerdo como si fuera ahora que le preguntó a Bolaño si era Bolaño. Lo era, dijo él. Y yo era Vila-Matas, añadió Bolaño.

–¡Hostia! –se oyó poco después.

La expresión provenía del propio Bolaño, y la conversación que siguió tengo la impresión de que ha durado tanto como «la larga risa de todos estos años», que diría Fogwill.

Recuerdo que con Roberto hablé siempre como si lleváramos conociéndonos toda la vida. Vivía con su mujer, Carolina López, y el hijo de ambos, Lautaro, en el 17 del Carrer del Lloro (la calle del loro) y tenía un pequeño estudio en el 21 de la misma calle. En el 19 estaba la carnicería en la que se inspiró para ese memorable poema que es «Entre las moscas»: «Poetas troyanos, / Ya nada de lo que podía ser vuestro / Existe / Ni templos ni jardines / Ni poesía / Sois libres / Admirables poetas troyanos».

No tenía teléfono y su apartado de correos era el 441, allí recibía las noticias de sus premios de provincia; el último de estos llegó de San Sebastián a finales de aquel 1996 y fue para su cuento «Sensini», una obra maestra. El importe de aquel premio era una cifra en verdad muy módica, pero Carolina y Roberto, que vivían del sueldo municipal de ella, recibieron la noticia con un entusiasmo más propio del Nobel que de un premio local.

Mi no muy elocuente diario personal –construido con cierta sequedad, solo con datos, anotaciones y comentarios breves– me resulta sin embargo de inestimable ayuda cuando se trata de evocar algunos de los lugares de Blanes que más frecuentamos en los vertiginosos años que siguieron: Debra, Bacchio, bar del Puerto, bar del Casino, Kiko, El Mexicanito, hall del cine Ample, Can Flores, bar Centro, Pastelería Planells, La Gran Muralla, Terrassans, L’Antic. Nos reuníamos en nuestras respectivas casas, pero también en esos locales, que fueron escenarios de conversaciones, riñas, pasiones, destellos de creatividad, infinitas discusiones, risas, frases que huían como el humo: «Fumar con los ojos entornados y recitar bardos provenzales / en el solitario ir y venir de las fronteras / Esto puede ser la derrota pero también el mar / y las tabernas […]» (La universidad desconocida).

Sospecho, quizás a contracorriente, que residir en Blanes, pasear por un tiempo amargo de silencio, vivir en la derrota –en la adversidad, pero con el mar y las tabernas– tuvieron que sentarle perfecto a Bolaño. No, no lo digo con ironía. Estoy solo pensando en la fábula de aquel provinciano al que todo le fue bien salvo asomar la cabeza en París, porque, cuando lo hizo, la ciudad le engulló. No sugiero que fuera exactamente el caso de Bolaño, pero, cuando pienso en él, no puedo olvidarme de cierto periodo de felicidad de algunos artistas, de gloriosos días sin gloria vividos antes de haber oído hablar del mundillo literario, de las envidias, de los egos y el mercado: días en los que esos artistas fueron misteriosos y antisociales y, por mucho que deploraran moverse entre tanta desolación y tristeza, vivían y respiraban plenamente en su personal reino sagrado del arte.

El caso del aislamiento de Bolaño durante años en Blanes me recuerda a esos libros de los que nos habla Elías Canetti en La provincia del hombre, libros que tenemos a nuestro lado muchos años sin leerlos, libros de los que no nos alejamos y a los que llevamos de una ciudad a otra, de un país a otro, cuidadosamente empaquetados, aunque haya muy poco sitio, y que tal vez hojeemos en el momento de sacarlos de la maleta; sin embargo, nos guardamos muy bien de leer aunque solo sea una frase completa.

Luego, al cabo de los años, llega un momento en el que, de repente, como si estuviéramos bajo la presión de un imperativo superior, no podemos hacer otra cosa que coger un libro de esos y leerlo de un tirón, de cabo a rabo; este libro actúa como una revelación. En aquel momento sabemos por qué le hemos hecho tanto caso. Tenía que estar mucho tiempo a nuestro lado; tenía que viajar; tenía que ocupar sitio; tenía que ser una carga, y ahora ha llegado a la meta de su viaje; ahora levanta su velo; ahora ilumina los años en los que ha vivido mudo a nuestro lado.

Al igual que ese libro, Bolaño seguramente no habría podido decir tantas cosas de no haber estado mudo durante todo ese tiempo.«Durante este periodo hay que suponer que se acumularía la energía formidable que se despliega a partir de 1994», apunta Ignacio Echevarría en «Bolaño extraterritorial». A la energía que se iba acumulando habría que añadir probablemente la felicidad de no ser nadie y al mismo tiempo ser alguien que escribía. A veces, el tiempo de silencio es el paraíso de los escritores.

Con Carolina, había llegado a Blanes en el verano de 1985 para trabajar en una pequeña tienda de bisutería que había instalado su madre en el Carrer Colom 28 y donde él atendía a los clientes, generalmente turistas. En los primeros meses actuó como un discreto detective y se dedicó a buscar las huellas del Pijoaparte, el personaje que Marsé situara en Blanes con una moto Ducati. «Cuando la tienda me dejaba un rato libre y como pasear cansa, entraba en los bares de Blanes a beberme una cerveza y hablaba con la gente, y así fue como no encontré la casa de Marsé pero encontré amigos», recordaría en su Pregón de Blanes.

Esos amigos eran pescadores, camareros, jóvenes drogadictos (todos sentenciados a muerte), la famosa escuela de la vida. No hay duda de que la etapa de anonimato, de aislamiento, fue dura, pero también creo que providencial, pues si bien es cierto que, por ejemplo, nadie del mundillo literario le prestaba la menor atención, también lo es que su condición de gran desconocido no hizo más que facilitarle su plena dedicación a la escritura. Es más, entiendo que en la intensidad de la rudeza de aquellos días en los que él era el gran olvidado, se fue forjando su carácter y muy especialmente su potente –a veces rencoroso en buena lógica– estilo.

Suele ser duro pasar por momentos de desolación, quién negaría esto, pero también puede ocurrir que a un artista la vida aislada y áspera le reporte un aprendizaje severo pero muy estimulante y, además, útil en el momento en que deja atrás las tinieblas del desprecio o indiferencia de los otros y aparece a plena luz del día, para sorpresa de cuantos hasta entonces le habían ignorado… Aparece armado hasta los dientes, preparado para todo, curtido en el aislamiento y la felicidad de tantos años. Un samurái en Blanes. Me hace pensar en aquel aforista madrileño que escribió aquella verdad tan exacta: «El carácter se forma los domingos por la tarde».

Le conocí a Bolaño justo cuando salía de esa etapa de infinitos domingos en los que se había ido forjando su salvaje ánimo, le conocí al final de ese prodigioso año donde algunas cosas acababan justo de dar un vuelco para él y para su familia, ese año que empezó con Seix Barral publicándole La literatura nazi en América y terminó con Anagrama editándole Estrella distante.

Bolaño estaba –habría que decirlo con acento brasileño– maravillado. Nunca le había faltado el humor y ese año aún iba a faltarle menos. De aquel día en el bar Novo por encima de todo recuerdo haber tenido la sensación o el presentimiento, al poco de conversar con él, de estar ante un escritor de verdad, algo que el lector debe saber ahora mismo, sin más dilación, que no es experiencia frecuente: «La poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito»; la sensación de encontrarme ante un chileno que no parecía chileno y se asemejaba en cambio mucho a la idea romántica que en la vida real había yo perseguido durante dos décadas, la idea que tenía de lo que debía ser un escritor. No hace mucho, Gonzalo Maier citaba un ensayo de Fabián Casas en el que este, al recordar a Bolaño, hablaba de lo mucho que echaba en faltaba a «los escritores de antes, a todos esos tipos que, como Cortázar, fueron mucho más que simples escritores y también fueron maestros, ejemplos de vida, faros potentes en los que él y sus amigos se proyectaban».

A mí Cortázar nunca me pareció un faro, pero entiendo de lo que habla Casas. De hecho, ahora no creo engañarme si digo que, aquel día en el Novo, lo que no tardé nada en ver o en reconocer en Bolaño fue a un ermitaño lunático o, mejor dicho, a «un escritor de antes», esa clase de personajes que consideraba ya inencontrables porque creía que pertenecían a un mundo que había entrevisto en mi juventud pero que se había ya perdido para siempre; ese tipo de escritor que jamás olvida que la literatura, por encima de todo, es un oficio peligroso; alguien que no solo es valiente y no pacta ni un ápice con la vulgaridad reinante, sino que muestra una contundente autenticidad y que une vida y literatura con una naturalidad absoluta; un increíble superviviente de una especie en extinción; ese tipo de escritor sorprendente que pertenece con orgullo a una casta de gente zumbada, obsesiva, maníaca, trastornada en el buen sentido de la palabra: tipos obstinados, muy obstinados, que saben ya que todo es falso y que, además, todo absolutamente todo acabó (creo que cuando uno está en situación de medir las dimensiones de lo falso y del final de todo, entonces, solo entonces, la obstinación puede ayudarle, puede empujarle a dar vueltas en torno a su celda para así intentar no perderse el único y mínimo instante –porque ese instante existe– que puede salvarle); tipos en verdad más desesperados que la famosa revolución, lo que en cierta forma les convierte en herederos indirectos de los misántropos desahuciados de antaño.

Esos desahuciados vivieron en los tiempos en que los escritores eran como dioses, vivían en las montañas cual ermitaños desesperados o aristócratas lunáticos; escribían en esos días con la única finalidad de comunicarse con los muertos y no habían oído hablar nunca del mercado, eran misteriosos y solitarios y respiraban en el reino sagrado de la literatura. Seguramente, los «escritores de antes» son herederos de los enigmáticos y misántropos ermitaños desesperados de antaño; son como los más oscuros tipos duros del callejón más difícil y por supuesto –lo diré para poder incluir aquí una nota de humor, acorde con la larga risa de todos estos años– nada tienen que ver, por ejemplo, con los grises escritores competentes que en su momento tanto proliferaron en la llamada «nueva narrativa española»; los «escritores de antes» van en busca de un modo muy personal de expresarse, no ignorando que en ese modo puede haber todavía –después del fin de la vieja gran prosa y después de la muerte casi ya definitiva de la literatura– un camino, quizás el último camino a recorrer. ¿O no? ¿O no hay ya ninguno? ¿Usted piensa que ya no hay ninguno? En ese caso, le recuerdo una línea –solo es una línea pero qué línea– del cuento «Llamadas telefónicas»:

«B también piensa que el callejón no tiene salida».

Conocer a Bolaño –añado aquí el dato de que en 1996, literariamente hablando, llevaba ya varios años yo desorientado– fue como volver atrás y recordar que vida y literatura, por mucho que lo fueran desmintiendo con sonrisitas los grises escritores competentes, podían perfectamente caminar juntas, tal como había intuido yo una vez, en los años en que empezara a escribir, es decir que no era pecado ni error alguno mezclar vida y literatura y encima era algo que se podía ensamblar con una naturalidad asombrosa.

Me encontraba y paseaba con Bolaño algunas tardes junto al mar y a veces me preguntaba si no sería que aquel amigo llevaba de verdad la literatura en la sangre. Todavía hoy, su más famosa declaración de principios me ayuda a poder seguir con salvaje ánimo hacia adelante: «La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura».

Esta rocosa pero también conmovedora declaración no la habría podido hacer nunca un escritor sin una idea muy fiera, muy pasional de la literatura. Era una idea que, como un día dijo Rodrigo Fresán, contagiaba, casi instantáneamente, una cierta teoría romántica de la actividad poética y de su práctica como utopía realizable… De hecho, estar con Bolaño en la terraza de un bar frente al mar era como estar con un «escritor de antes», con un poeta, y vivir en esa utopía viable.

Miro, leo, repaso mi diario personal. Ayer me di cuenta de lo bueno que fue en esos días registrar tantos detalles ínfimos, tantas cosas que habría olvidado de no ser porque desde 1985 las fui anotando. Al buscar qué escribí acerca del 21 de noviembre de 1996, me encontré con este escueto pero en el fondo muy expresivo –por contundente– apunte:

«Bolaño».

Vi también, al repasar mis notas, que, cuatro días después del encuentro en el Novo, el 25 de noviembre, había ido yo en Barcelona al hotel Condes de Barcelona, a la rueda de prensa de presentación de Estrella distante. Me sorprendió este dato porque no recordaba tan cercanas las escenas del Novo del día 21 con esa rueda de prensa del 25. De aquella reunión periodística recuerdo, entre otras cosas, que mientras Herralde presentaba a su nuevo autor, yo no podía separar la vista de la cita de Faulkner que abría aquella nouvelle de Bolaño:

« ¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?»

Estábamos al final de aquel 1996 en el que Bolaño había sido por fin visto, mirado, detectado. Y aquella cita ofrecía, entre otras, la posibilidad de ser leída en esa dirección. Le miraba yo a Bolaño y, en una especie de juego silencioso, me dedicaba a confirmar una y otra vez que no tenía nada del siniestro aviador de Estrella distante, de ese tipo del que el narrador de la nouvelle decía que parecía un hombre muy duro, como solo pueden serlo –y solo pasados los cuarenta– algunos latinoamericanos. Y añadía: «Una dureza tan diferente de la de los europeos o norteamericanos. Una dureza triste e irremediable».

La posible dureza de Bolaño, aquel día de la rueda de prensa, tenía bien poco de triste y en realidad ofrecía un ángulo que parecía de cierta posible alegría. Quizás fuera porque todo empezaba a ser nuevo para él, quizás porque todo se había vuelto de golpe más divertido y peligroso que antes y la máquina del anonimato, con toda la energía acumulada a lo largo de los días lunáticos, se ponía de pronto en movimiento, el caso es que parecía haber una templada euforia allí: «¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura es básicamente un oficio peligroso».

Hacia el minuto cuarenta, cuando todo por fin se hubo relajado ya en el ambiente, él se dejó llevar por una pregunta sobre la realidad modesta de Chile y de pronto empezó a soltar un largo monólogo, absolutamente fascinante, fuera del tiempo y del lugar, un monólogo sobre la disciplina, la marcialidad británica del ejército chileno. Creo que Bolaño, a partir de aquel minuto cuarenta, paró el tiempo. Recuerdo que en un momento determinado cerré los ojos y fue extraño, sentí entonces que era como si sus palabras fueran marciales de verdad y pesaran doble. Hoy no descarto que la implacable máquina del anonimato que había ido forjándose en Blanes en el tiempo de silencio estuviera cargando doblemente cada una de esas palabras.

Recuerdo que, a medida que hablaba y hablaba, se iba notando una barbaridad que era un escritor sin los tics de los narradores profesionales. Esto se notó especialmente en los eternos minutos finales de la rueda de prensa, cuando hubo por su parte una repentina generosidad narrativa sin límites, un verdadero derroche de pasión por lo que allí se relataba. Los periodistas parecían pescadores hipnotizados en cualquier mesa de un bar de Blanes y, por un momento allí en el Condes de Barcelona, fue como si él se hubiera lanzado a escribir una nueva novela, esta vez a escribirla directamente en la vida, una novela que parecía estar brotando directamente de las últimas páginas de Estrella distante. De hecho –aunque entonces yo aún no lo sabía–, estaba sucediendo lo mismo que había ocurrido con Estrella distante, que había surgido de las páginas finales de La literatura nazi en América

En Bolaño siempre fue así, de un libro surgía otro, todo estaba de algún modo conectado. De hecho, Estrella distante surgió en el preciso instante en que Herralde, en su despacho de Anagrama, le preguntó a Bolaño si tenía alguna novela inédita, algo recién escrito que pudiera publicarle. No existía esa novela, pero Bolaño dijo lo contrario y en tres semanas –tiempo récord– la escribió tomando prestado –para ganar tiempo, pero también porque su obra siempre avanzó a través de esos despliegues de una novela a otra– un considerable número de palabras de La literatura nazi en América. Entre el final de esta («Cuídate, Bolaño, dijo finalmente y se marchó») y el de Estrella distante («Cuídese, mi amigo, dijo finalmente y se marchó») creo que siempre preferiré ese «Cuídate, Bolaño». Pero, por supuesto, esto es anecdótico. Mucho menos lo es que, en los días que siguieron a la entrega de aquel manuscrito a Anagrama, atravesó Bolaño por momentos difíciles y, al mismo tiempo, alegres (se sentía contento por aquel posible golpe de suerte que parecía haber tenido) en los que cierto temor se mezclaba con una risa floja de nerviosismo, como si le diera miedo pero también le hiciera gracia que en la editorial descubrieran que en una parte del texto él se había copiado a sí mismo.

Todo en su etapa a partir de Estrella distante se fue rigiendo por las pautas de la intensidad y del tiempo récord. Tanto es así que a veces le imagino protagonizando Sobre el paso de algunas personas a través de una corta unidad de tiempo, el cortometraje de Guy Debord.

«Para Paula, con el cariño y la admiración, de su amigo en tiempo récord. Roberto. Blanes, marzo 97», escribió en un ejemplar de La senda de los elefantes, el libro publicado en el 94 por el ayuntamiento de Toledo. De la contraportada de aquel ejemplar me llama la atención que fue escrita en realidad solo muy poco tiempo antes de que le llegara un importante vuelco en su vida de escritor, pero la contraportada no solo no era nada capaz de presagiarlo, sino que desanimaba a cualquiera, porque el currículum que exhibía no podía ser más disuasorio, era de décima fila contando desde la penúltima ristra del infierno: «Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile en 1953 Ha ejercido la crítica literaria y la traducción. Dirigió la revista Berthe Trepat. Poemas suyos aparecen en varias antologías de poesía chilena actual. Ha publicado tres libros de poesía: Reinventar el amor. Taller Martín Pescador, México D.F, 1976. Muchachos Desnudos bajo el Arcoíris de Fuego  Ed. Extemporáneos, México D.F. 1979 […]».

A partir de finales del 96, muchos de los movimientos de Bolaño parecían tener incorporado el sello del tiempo récord y ser adictos al vértigo. Vuelvo a mi diario personal y encuentro ahí anotados mis viajes de 1997 y 1998 a Blanes, viajes al principio para reunirme con Paula, y después, cuando ella dejó de trabajar en el instituto del pueblo pero mantuvo su casa con terraza frente al mar, viajes para encontrarnos Paula y yo con Carolina y Roberto y cenar, durante un largo periodo de extraña fijación en un horrible restaurante chino que nos encantaba. Con el transcurso de los meses, fue convirtiéndose ya en un rito ir a pasar el día o el fin de semana a Blanes y acabar yendo a buscar a Lautaro a la salida de la escuela, o prepararse para recibir al gran amigo de la familia, A. G. Porta, con el que terminábamos perdiéndonos en las más complicadas metafísicas, al caer la noche en el bar del puerto. Jordi Llovet, Pons Puigdevall, Gonzalo Herralde y Luisa Casas, Javier Cercas y familia, Joan de Sagarra y María Jesús de Elda, Carles Vilches, Gina y Peter, entre otros, pasaron por Blanes en los primeros meses del 97 y mi diario, por supuesto, lo registró. Movimientos, fiestas, nombres, hechos, todo fue anotado, incluso aquella frase tan ridícula de Vilém Vok una tarde en el Casino, cuando dijo que Bolaño había caído en brazos del fantasma de la Humanidad…

¿Qué quiso decir? Oh, bueno, ya poco importa. Quizás llevaba razón. Después de todo, la Humanidad en aquellos días viajaba en el tren de Blanes.

Un 22 de julio de 1997 en Girona, Javier Cercas, en la Llibrería 22, presentaba Estrella distante y, tras la cena, hubo una larga fiesta, diría que existencial –casi al estilo de una película de Antonioni–, en la casa de Pepa Balsach y Ángel Jové. Y como colofón de la reunión un regreso en coche a Blanes muy movido y turbador.

El 29 de septiembre Roberto y Carolina bajaron a Barcelona y estuvieron en el apartamento del 80 de la Travesía del Mal, donde dieron un vistazo al conjunto de cartas diarias que desde hacía dos años, cada tarde sin falta, me enviaba una desconocida, cuyo estilo había terminado por convertírseme en familiar: operaba siempre igual, porque iniciaba el discurso con una prosa tranquilizadora, serena, y luego perdía el control de las palabras y, haciendo estallar la insulsa normalidad de lo educado, entraba en un caos narrativo que atentaba contra la corrección inicial (esa estructura, por cierto, me recuerda a la de Libro, formidable novela de José Luis Peixoto). Bolaño escogió al azar una de esas cartas y la leyó en voz alta y de pronto proclamó, ante el asombro de todos, que era una carta muy bien escrita. Lo mejor de aquella proclama fueron las razones que encontró para justificarla, razones hasta convincentes que evidenciaron que, como lector, sabía hallar en cualquier texto, por extravagante que este pudiera parecer, un mínimo aliciente, un aspecto remarcable del mismo.

Una hora después, íbamos de nuestro apartamento al pasaje que hay al lado de la librería La Central, donde una entonces jovencísima y desconocida Alicia Framis, a la sazón en Ámsterdam y por tanto ajena al alboroto que íbamos a crear en torno a su obra –vecina en otro tiempo de la Travesía del Mal, la única artista que yo conocía en aquella pavorosa avenida–, exponía en el sótano de una sala de arte que no visitaba nadie un tablón gigante que había titulado, en homenaje a uno de mis libros, Una casa para siempre. El tablón estaba cargado de rayas horizontales blancas y negras, y en las negras había inscritas un sinfín de palabras.

Estuvimos un buen rato en aquel sótano porque Roberto dijo estar maravillado ante lo que estaba viendo. Sin duda, veía más que nosotros. «Es buenísimo», recuerdo que repitió varias veces, y logró que acabara también viendo aquella «casa para siempre» con otros ojos y comenzara a imaginar tantas cosas por las cuales aquello era genial que ahora hasta me sobrarían los motivos si quisiera ponerme a ratificarlo.

El 18 de diciembre, en Happy Books, hubo la rueda de prensa de Llamadas telefónicas, y por la noche Echevarría presentó el libro en la sede del ICCI. Recuerdos confusos. No así del libro. Entre los relatos, «Joanna Silvestri», dedicado a Paula, y el cuento «Enrique Martín», dedicado a mí, quizás por llamarme Enrique como el protagonista, aunque no creo parecerme en nada a ese poeta admirador de Miguel Hernández y León Felipe. «Sensini», sin duda el mejor relato del libro, no estaba dedicado a nadie, aunque era obvio que era el relato más dedicado de todos, pues estaba pensado para el gran Antonio Di Benedetto, participante como una sombra en España, en su solitaria etapa final, en concursos literarios de provincias.

El cuento «Enrique Martín» no es de los mejores, pero el conjunto del libro es potente y presenta, entre otras cosas, un interesante y complejo análisis –creo que en diálogo con Los detectives salvajes, que estaban por llegar– de la tensión que vive cualquier escritor contemporáneo entre mercado, consagración y resistencia. Como señalan Andrea Cobas y Verónica Garibotto en su ensayo Un epitafio en el desierto, Bolaño vino a comentar en ese libro las tres escuetas posibilidades rancias que se abrían para cualquier escritor contemporáneo: acoplarse a las reglas del mercado (esa multitud de grises escritores competentes); sustraerse por completo y continuar una labor subterránea y desconocida, como la de Enrique Martín; o, como hacen Sensini o el propio narrador de ese cuento, o el Belano del relato «Enrique Martín», entrar en la industria editorial, pero sin aceptar del todo sus reglas, flirteando con ella y quebrando alguno de sus códigos (el Belano de Los detectives salvajes que se burla de tantos figurones madrileños y de la Feria del Libro, por ejemplo).

Hemos hablado de tres salidas, de tres escuetas posibilidades que se abrían / que se abren para cualquier escritor contemporáneo. Pero en «Llamadas telefónicas», relato que daba título al libro, surgía, dejándola caer distraídamente, una cuarta vía y temible verdad:

«B también piensa que el callejón no tiene salida».

¿La tuvo antes de 1996? Dos años después, ya no tenía salida alguna, eso casi podría jurarlo. A veces pienso que toda la obra principal de Bolaño, escrita en tiempo récord hasta su muerte en 2003, se desarrolla de lleno en el callejón más difícil, aquel del que hablé ya antes: pasaje oscuro y mortal, sin luz del paraíso ni escapatoria alguna para quien ha percibido con susto que, tras poner a punto su máquina del anonimato, su deseo se ha realizado, pero es mortal de necesidad: su estrella ha sido vista, captada por los cuervos del nuevo territorio en el que se ha adentrado.

Antes de 1996 no había callejón, ni problemas de salida. Fuera de los ásperos muros de ladrillo cubiertos de sombras, con la serenidad que entró en su vida por la estabilidad que le dio la relación con Carolina, pudo vivir libre como si lo hiciera en los tiempos en que los escritores eran como dioses y escribían con la única finalidad de comunicarse con los muertos y no habían oído hablar nunca del mercado, eran misteriosos y solitarios, se perdían en atmosferas de perdición, humor y poesía.

A principios de febrero del 98 se entera, tardíamente, de la muerte en México de Mario Santiago, acaecida el 10 de enero. Juan Villoro escribió «Un poeta», su necrológica en La Jornada, pero a Blanes la noticia llegó tarde y cuando lo hizo, llegó plana, sin más información que la muerte y dejó hundido como nunca a Bolaño, que el verano anterior había escrito a su amigo contándole que se llamaba Ulises Lima en la novela que escribía, Los detectives salvajes.

Mario Santiago dejó un último poema (se puede leer en una pared de la pulquería La hija de los Apaches, de la colonia Romita, de ciudad de México), unos versos que, según cómo los queramos leer, parecen comentar el final de Estrella distante («Cuídese, mi amigo, dijo finalmente y se marchó») y también, de forma estremecedora, la propia muerte del poeta, la muerte de Mario, su muerte súbita de fatal atropellado: «Qué más que / saber salir de las cuerdas / & fajarse la madre en el centro del ring / La vida es 1 madriza sorda / Alucine de Efe Zeta / Película de Juan Orol / Mejor largarse así / Sin decir semen va o enchílame la otra / Garabateando la posición del feto / Pero ahora sí / definitivamente / & al revés».

«Mario era un poeta poeta», dijo Bolaño a finales de aquel año en una entrevista sobre Los detectives salvajes. Seguramente, en su condición de bardo indiscutible con una muy probable jeta de santo, era el poeta al que se refería Bolaño cuando en las primeras líneas de «Enrique Martín» hablaba de alguien que lo podía soportar todo. Mario Santiago fue un poeta poeta que aprendió a tiempo que había que saber salir de las cuerdas. Esa es la cuestión, es decir, de eso se trata, that is the question: no hay salida en el callejón, lo que no impide que no sea importante saber salir de las cuerdas.

«Un poeta lo puede soportar todo, lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo, pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Soportar de verdad. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. Con esta convicción crecimos. El primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte».

«Llamo clásicos a los que aún no hacían de la literatura un oficio» (Jules Renard, Diario). La ruina, la locura y la muerte y la gran estafa que es toda juventud se hallan en el centro de Los detectives salvajes, eso ya es sabido, pero menos lo es que la estructura central del libro tomó como modelo Las puertas del paraíso, la obra de un escritor polaco hoy bastante olvidado, Jerzy Andrzejewski, y también La cruzada de los niños, de Marcel Schwob (ya adoptada años antes por Faulkner para Luz de agosto). Estos dos libros y Luz de agosto eran casi biblias para Bolaño, recuerdo la conversación alrededor de Andrzejewski en el Terrassans, una tarde de marzo del 98, días antes de que yo cumpliera cincuenta años y lo celebráramos en el restaurante Massana de Barcelona y él viera frustrada su intención de leer unas líneas humorísticas que había escrito para la ocasión: «Antes de que despunte el alba pido un poco de silencio para tomar la palabra […] Mi amigo Enrique hoy cumple diecisiete y ya está. Que diecisiete en literatura resultan una barbaridad…”

De todo lo que hablamos aquel día en el Terrassans lo más interesante giró alrededor de lo que podríamos llamar el «factor escapatoria del laberinto», esas tres salidas o escuetas posibilidades que vieron con tanta intuición Andrea Cobas y Verónica Garibotto; las únicas posibilidades que se abren para cualquier escritor contemporáneo; ninguno que sea mínimamente honesto puede dejar de preguntarse por qué opción se decanta y si alguna de ellas es lo suficientemente satisfactoria o en realidad el callejón, tal como alguna vez ya intuimos, no tiene salida.

En agosto de aquel 1998, me dio, como el «escritor de antes» que era, los consejos vitales, casi alucinantes, para solucionar un problema en el que me había encallado en la redacción de mi nueva novela, El viaje vertical. En ella yo creía que no sucedía nada, y así se lo dije. Pero él vio lo contrario. Crees que no pasa nada, dijo extrañado, pero ahí pasan muchísimas cosas, pero es que muchísimas. Se repitió la escena del sótano en el que Alicia Framis exponía Una casa para siempre. Es buenísimo lo que sucede ahí, me dijo lleno de entusiasmo sobre mi viaje portugués vertical, y en la vida jamás alguien me había animado tanto. Momento inolvidable aquel, porque me pareció haber averiguado de golpe en qué podía consistir exactamente saber escapar de una situación que nos tiene atrapados.

El 2 de noviembre recibía el premio Herralde por su sorprendente –por el tiempo récord en el que parecía haber sido escrita– Los detectives salvajes, novela que, de todos modos, no surgió de la nada, como algunos pensaron, sino de la implacable máquina del anonimato: Bolaño utilizó el amplísimo material acumulado en los años en los que se hizo fuerte en el silencio.

El 6 de diciembre, por la mañana, cambió de casa en Blanes y se instaló con Carolina y Lautaro en el 13 del Carrer Ample, en el segundo primera. Y el 16 de diciembre se presentó en Barcelona Los detectives salvajes. Habló primero Jorge Edwards y después llegó mi turno y leí mi texto «Bolaño en la distancia», que incluyó una serie de breves movimientos teatrales, a través de los cuales me acercaba y me alejaba indistintamente de Bolaño mientras leía. Texto intuitivo y premonitorio porque predijo los compases por los que se iba a regir a partir de entonces nuestra relación. De entre los asistentes recuerdo a Carolina, Herralde y Lali Gubern, Gina y Peter, Carles Vilches, Menene Gras, Paula de Parma, Ignacio Martínez de Pisón, Javier Cercas. A Edwards se le ocurrió decir que la novela era buena, muy buena, aunque tenía que confesar que no la había acabado, y recibió una bronca fenomenal –diría que histórica– del autor. Esa bronca aún resuena en mis oídos y, cuando lo hace, imagino que Proust, Joyce, Schwob y Andrzejewski se añaden a ella, como si los enojados también fueran ellos.

¿Qué hacer? Lo que más resuena en mí de aquella época es esta pregunta que sigue de actualidad, ya comentada de largo con Roberto, la tarde aquella en la terraza del Terrassans. «Una vez dentro, hasta el cuello», decía Céline. Y así es: hasta el cuello. Y uno puede observar que las puertas de salida –integrarse; ser un escritor subterráneo; entrar en la industria y subvertir sus reglas– van perdiendo peligrosamente atractivo y amplitud. Parecían generosas aperturas al exterior, pero van dejando de parecerlo. El callejón no tiene ninguna ventana al exterior, pero aún así habrá que saber salir de las cuerdas. Cualquier poeta poeta acaba pasando mucho tiempo en la oscura calleja, viva máquina del sigiloso anonimato donde las haya. Allí te atracan, te chulean, te persiguen, te piden fuego, te estafan, te la maman, te meten miedo, te disparan. No hay nada fuera del callejón, solo el recuerdo de los días felices, de los días en que uno acumulaba energía («aún sigo mudo –escribió un joven Nabokov– y me hago fuerte en el silencio; las remotas crestas de futuras obras, entre las sombras de mi alma, están aún escondidas como cimas de montañas en la niebla antes del alba») con la idea de poder por fin, una noche, llegar a tomar la palabra, la palabra tantas veces aplazada, y poder decir que uno…, uno, bueno, poder decir que uno siempre fue Jack el Destripador. Sí, por ahí se empieza. Y por ahí precisamente se acaba.

No hace mucho, en el festival de Paraty, Brasil, di una conferencia radical sobre el estado de la literatura en el mundo actual. La titulé «Música para malogrados», y en ella, entre otras cosas, dije que en realidad, en lo que se refería a la literatura, ya todo acabó, aunque quizás esto por suerte también se pudiera matizar, pero era innegable, dije, que la prosa se había convertido en un producto más del mercado: algo que es interesante, distinguido, esforzado, respetado, pero irremediablemente insignificante… Quedaba preguntarse, dije, si los escritores no deberían ser únicamente leídos en lugar de ser vistos, porque yo siempre había pensado que en el preciso instante en que los escritores empezaron a ser vistos, se malogró todo.

Al día siguiente, la prensa brasileña dijo que había cuestionado el propio festival de Paraty, donde tantos escritores iban a ser vistos, incluido yo. Me pareció que no había sido comprendido, o quizás lo contrario, había sido peligrosa y enormemente muy comprendido y la venganza del despacho oval ya se había puesto en marcha. Por la noche, me pregunte para qué, para qué todo aquello, para qué aquella conferencia radical que se planteaba las posibles salidas que tiene un escritor contemporáneo que quiera ser libre. ¿Había conseguido algo con mi alegato? Solo había causado estupor entre un nutrido grupo de señoras brasileñas y, para colmo, todo seguía igual y yo hasta había dado la impresión –algo que no buscaba en absoluto– de ser un tipo que se complicaba innecesariamente la vida.

En el hotel, a la hora de la cena, vi a los escritores ingleses y norteamericanos, todos tan viajeros y famosos –Franzen, McEwan, Kureishi– y me di cuenta de que todo para ellos era mucho más sencillo, se dedicaban a narrar y no perdían el tiempo en posiciones sediciosas inútiles, viejas polémicas marxistas y toda la demás jerga revolucionaria de antaño. Y, para colmo, eran ricos, famosos y felices.

Cuando le comenté esto a un periodista brasileño, este me sorprendió al decirme que estaba equivocado. No creas que vayan por ahí las cosas, dijo, esta mañana hablé con McEwan y resulta que lo pasa mal, me ha dicho que a veces es infeliz porque añora los años en que nadie le conocía y podía escribir tranquilo.

Me quedé, por un momento, quieto. Sonreí. Me pareció que allí en Paraty acababa de dar un paso más para un día, con el ritmo más airoso posible, saber salir de las cuerdas. Y entonces fue cuando de una forma irremediable me acordé de Bolaño y no pude más que envidiarle al imaginarle por fin libre ya de tanta porquería, poeta ya para siempre, lejos de las moscas de la vieja carnicería de Blanes. Ni templos ni jardines. Ni mafias ni callejones. Libre ya, como un admirable poeta troyano.

Published September 15, 2016
Texto publicado por V-M en el catálogo del Archivo Bolaño 1977-2003
© 2003 Enrique Vila-Matas

 

Les écrivains d’avant (Bolaño à Blanes 1996-1999)

Written in Spanish by Enrique Vila-Matas


Traduit en français par Margot Nguyen Béraud

« Quoi de plus que / savoir enjamber les cordes. »
–Mario Santiago

Monterroso disait que tôt ou tard un écrivain latino-américain doit faire face à trois destins possibles : le déracinement, l’enfermement ou l’enterrement.

J’ai rencontré Bolaño à la toute fin de sa phase d’enfermement, même s’il serait plus exact de l’appeler anonymat, isolement, claustration.

Je l’ai rencontré un 21 novembre 1996 à Blanes au bar Novo, une sorte de « cafétéria catalane », de ces lieux qui se caractérisent par leur décor laiteux et immaculé ; des endroits en fait aussi soi-disant hygiéniques qu’horribles, surtout pour quelqu’un qui, comme moi à ce moment-là, aimait la noirceur trouble des grands bars de nuit.

J’étais venu au Novo avec Paula de Parma pour prendre un jus de fruits, et je venais à peine de passer commande quand est entré Roberto Bolaño. Elle, qui travaillait dans un lycée de Blanes, venait de lire Étoile distante (tout juste publié chez Anagrama) et je me souviens comme si c’était hier qu’elle avait demandé à Bolaño si c’était bien Bolaño. C’était bien lui, répondit-il. Et moi, j’étais Vila-Matas, ajouta Bolaño.

« Bon sang ! » avons-nous entendu aussitôt.

L’exclamation venait de Bolaño en personne, et la conversation qui suivit m’a donné l’impression d’avoir duré autant que « le grand sourire de toutes ces années », comme dirait Fogwill.

Avec Roberto, je me souviens avoir discuté comme si on se connaissait depuis toujours. Il habitait avec sa femme, Carolina López, et leur fils, Lautaro, au 17 Carrer del Lloro (rue du perroquet) et avait aussi un petit studio au n°21 de la même rue. Au 19, il y avait la boucherie qui lui inspira ce poème mémorable, « Entre las moscas [Entre les mouches] » : « Poètes troyens / Plus rien de ce qui pouvait être vôtre / N’existe / Ni temples ni jardins / Ni poésie / Vous êtes libres / Admirables poètes troyens ».« Entre les mouches », in Les chiens romantiques, Bourgois, Paris, 2012, trad. Robert Amutio. Toutes les notes sont de la traductrice.

Il n’avait pas le téléphone mais sa boîte postale était la n°441, il y recevait ses prix littéraires provinciaux ; dont le dernier lui arriva de Saint-Sébastien fin 1996, pour son récit « Sensini », un chef-d’œuvre. La dotation de ce prix était en réalité très modeste, mais Carolina et Roberto, qui vivaient de son petit salaire d’employée municipale, accueillirent la nouvelle avec un enthousiasme digne davantage du Nobel que d’un prix local.

Mon journal intime bien peu éloquent ― composé avec une certaine sécheresse, seulement des données brutes, des notes et de brefs commentaires ― se révèle m’être néanmoins d’une aide inestimable à l’heure d’évoquer quelques-uns des lieux de Blanes que nous avons souvent fréquentés durant les années vertigineuses qui suivirent : Debra, Bacchio, le bar du Port, le bar du Casino, Kiko, Le Mexicanito, le hall du cinéma Ample, Can Flores, le bar Centro, la pâtisserie Planells, La Gran Muralla, Terrassans, L’Antic. Nous nous retrouvions les uns chez les autres, mais aussi dans ces cafés, qui furent la scène de conversations, disputes, passions, éclairs de créativité, discussion infinies, rires, phrases fuyant comme la fumée : « Fumer les yeux entrouverts citant des bardes provençaux / dans le solitaire va-et-vient des frontières / Là est peut-être la défaite mais aussi la mer / et les tavernes […] » (La universidad desconocida [L’université inconnue]).

Je présume, peut-être à contre-courant, que d’avoir habité Blanes, déambulé un temps dans un silence amer, vécu dans la défaite ― dans l’adversité mais avec la mer et les tavernes ― a parfaitement dû convenir à Bolaño. Non, je ne dis pas cela ironiquement. Je pense juste à la fable sur ce provincial qui aurait mieux fait de ne pas mettre le nez à Paris, parce que lorsqu’il le fit, la ville l’engloutit. Je ne sous-entends pas que ce fut exactement le cas de Bolaño, mais, quand je pense à lui, je ne peux oublier cette sorte de période heureuse par laquelle passent certains artistes, ce glorieux temps sans gloire avant d’avoir entendu parler du petit monde littéraire, des jalousies, des égos et du marché : un temps où ces artistes étaient mystérieux et antisociaux, et qui tout en ayant beau déplorer la désolation et la tristesse qui étaient leur lot, vivaient et respiraient pleinement dans le royaume sacré de leur art.

L’isolement de Bolaño à Blanes toutes ces années me rappelle les livres dont parle Elías Canetti dans Le territoire de l’homme, ces livres que nous gardons des années auprès de nous sans les lire, ces livres qu’on ne quitte pas et qu’on emporte avec nous d’une ville à l’autre, d’un pays à l’autre, soigneusement empaquetés, même quand on manque de place, et qu’on feuillette peut-être au moment de les sortir de la valise ; pourtant, on se garde bien d’en lire ne serait-ce qu’une phrase entière.

Ensuite, des années plus tard, arrive le moment où, soudain, comme si on était sous la pression d’un impératif supérieur, on ne peut s’empêcher d’attraper l’un de ces livres et de le lire d’une traite, de bout en bout ; ce livre agit comme une révélation. À cet instant on comprend pourquoi on l’avait traité avec tant d’égards. Il devait rester longtemps à nos côtés ; il devait voyager ; il devait prendre de la place ; il devait être un poids, et maintenant il est arrivé au bout de son voyage ; maintenant il lève son voile ; maintenant il illumine les années qu’il a passé muet à nos côtés.

Comme ce livre-là, Bolaño n’aurait sans doute pas pu dire autant de choses s’il n’était resté muet tout ce temps. « Pendant cette période, il a certainement dû accumuler la formidable énergie qui se déploiera à partir de 1994 », fait remarquer Ignacio Echevarría dans « Bolaño extraterritorial ». À l’énergie qui s’accumulait, il faudrait probablement ajouter la joie de n’être personne tout en continuant d’écrire. Parfois, le temps du silence est le paradis des écrivains.

Avec Carolina, il était arrivé à Blanes à l’été 1985 pour travailler dans une petite boutique de bijoux fantaisie ouverte par sa mère au n°28 de la Carrer Colom ; il s’occupait des clients, généralement des touristes. Les premiers mois il joua les détectives discrets et s’évertua à chercher les traces de Pijoaparte, le personnage que Marsé avait situé à Blanes sur une moto Ducati. « Quand la boutique me laissait un moment de liberté, et que je me lassais des promenades, j’allais dans les bars de Blanes boire une bière et parler avec les gens, et c’est ainsi que je n’ai jamais trouvé la maison de Marsé mais que je me suis fait plein d’amis », se souviendra-t-il dans son « Pregón de Blanes [Éloge de Blanes] ».

Ces amis étaient des pêcheurs, des serveurs, des jeunes toxicomanes (tous condamnés à mort), la fameuse école de la vie. Il ne fait pas de doute que sa phase d’anonymat, d’isolement, ait été dure, mais aussi providentielle je crois, car si, par exemple, personne dans le petit monde littéraire ne lui prêtait la moindre attention, il n’en est pas moins certain que sa condition de grand inconnu n’a fait que favoriser son engagement total dans l’écriture. Plus encore, je crois que dans l’intense rudesse de cette période de grand oublié, il a forgé son caractère et en particulier son style puissant ― et en toute logique parfois rancunier.

Ce doit être dur de passer par des moments de désolation ― qui le nierait ? ― mais il peut aussi parfois arriver qu’une vie isolée et austère apporte à un artiste un enseignement sévère mais très stimulant et, qui plus est, utile dès l’instant où il repousse les ténèbres du mépris ou de l’indifférence des autres et qu’il surgit en pleine lumière du jour, à la surprise de tous ceux qui l’avaient jusqu’à présent ignoré… Il surgit armé jusqu’aux dents, prêt pour tout, tanné par l’isolement et le bonheur de toutes ces années. Un samouraï à Blanes. Cela me fait penser à cet aphoriste madrilène qui a écrit cette vérité si essentielle : « Le caractère se forme les dimanches après-midi ».Ramón Eder, Relámpagos, Cuadernos del vigía, Grenade, 2013.

J’ai connu Bolaño juste au moment où il sortait de cette phase d’infinis dimanches qui avait forgé son esprit sauvage, je l’ai connu à la fin de cette année prodigieuse où certaines choses venaient de prendre un tournant pour lui et sa famille, l’année qui a commencé avec la publication de La littérature nazie en Amérique chez Seix Barral et terminé avec celle d’Étoile distante chez Anagrama.

Bolaño était ― il faudrait dire cela avec un accent brésilien ― maravillado, émerveillé. Il n’avait jamais manqué d’humour et ce n’est pas cette année-là qu’il aurait pu commencer. De ce jour au bar Novo je me souviens surtout avoir eu la sensation ou le pressentiment, très vite en discutant avec lui, de me trouver face à un vrai écrivain, ce qui, le lecteur doit être prévenu tout de suite et sans délai, n’est pas une expérience fréquente : « la poésie (la vraie poésie) est comme ça : elle se laisse deviner, elle s’annonce dans l’air, comme les tremblements de terre que pressentent, à ce qu’on dit, certains animaux spécialement doués pour cela »Roberto Bolaño, Les détectives sauvages, Christian Bourgois, Paris, 2006, trad. Robert Amutio. ; la sensation de me trouver devant un Chilien qui n’avait pas l’air chilien et qui se rapprochait en revanche beaucoup d’une idée romantique que je poursuivais dans la vie réelle depuis deux décennies, mon idée de ce que devait être un écrivain. Récemment, Gonzalo Maier citait un essai de Fabián Casas dans lequel, se rappelant Bolaño, il disait à quel point il regrettait « les écrivains d’avant, tous ces types qui, comme Cortázar, étaient plus que de simples écrivains, mais aussi des maîtres, des modèles de vie, de puissants phares dans lesquels lui et ses amis se projetaient. »

Je n’ai personnellement jamais vu Cortázar comme un phare, mais je comprends ce que Casas veut dire. En fait, aujourd’hui je ne crois pas me tromper en disant que, ce jour-là au Novo, je n’ai pas mis longtemps à voir ou à reconnaître en Bolaño un ermite désaxé, ou plutôt, un « écrivain d’avant », ce genre de personnages que je pensais impossible à rencontrer parce que je les croyais appartenir à un monde entraperçu pendant ma jeunesse mais depuis disparu à jamais ; ce type d’écrivain qui n’oublie jamais que la littérature, plus que tout autre chose, est un métier dangereux ; quelqu’un qui non seulement est courageux et refuse le moindre pacte avec la vulgarité régnante, mais fait aussi preuve d’une authenticité tranchante, unissant la vie et la littérature avec un naturel absolu ; insolite survivant d’une espèce en voie d’extinction ; ce genre d’écrivains surprenants qui appartiennent fièrement à la caste des fous, des obsessionnels, des maniaques, des dérangés dans le bon sens du terme : des types obstinés, très obstinés, qui savent déjà que tout est faux et que, de surcroît, tout, absolument tout est fini (je crois que lorsqu’on est en mesure d’évaluer les dimensions du faux et de la fin de tout, alors, alors seulement, l’obstination peut aider, elle peut vous inciter à faire des tours de cellule pour tâcher ainsi de ne pas gâcher l’instant unique et fugace ― car cet instant existe  ― qui peut vous sauver) ; des types en réalité plus désespérés que la fameuse révolution, ce qui les transforme d’une certaine manière en héritiers indirects des misanthropes condamnés de jadis.

Ces condamnés vécurent à une époque où les écrivains étaient comme les dieux, vivaient dans les montagnes en ermites désespérés ou en aristocrates désaxés ; ils écrivaient à cette époque dans le seul but de communiquer avec les morts et n’avaient jamais entendu parler du marché, ils étaient mystérieux et solitaires, respiraient dans le royaume sacré de la littérature. Sans doute les « écrivains d’avant » sont-ils les héritiers des ermites énigmatiques et misanthropes de jadis ; les types les plus obscurs au fond de la plus inaccessible des ruelles, et bien entendu ― il s’agit là pour moi d’introduire ici une touche d’humour, en rapport avec le long rire de toutes ces années ― ils n’ont rien à voir avec, par exemple, les gris écrivains avertis qui proliférèrent en leur temps avec ce que l’on appelait « la nouvelle fiction espagnole » ; les « écrivains d’avant » sont à la recherche d’un mode d’expression très personnel, sans ignorer qu’il peut encore y avoir dans ce mode ― après la fin de la vieille prose grandiloquente et après la mort quasi-définitive de la littérature ― un chemin, peut-être le dernier chemin à emprunter. Ou peut-être pas ? Peut-être qu’il n’y en a plus ? Pensez-vous qu’il n’y en ait plus aucun ? Dans ce cas, je vous rappellerai une ligne ― une seule ligne mais quelle ligne ! ― de la nouvelle « Appels téléphoniques » :

« B pense aussi que la ruelle est sans issue. »

Rencontrer Bolaño ― j’ajoute ici qu’en 1996, littérairement parlant, j’étais perdu depuis plusieurs années ― a été comme revenir en arrière et me souvenir que la vie et la littérature, malgré les démentis des sourires en coin des gris écrivains avertis, peuvent parfaitement cheminer ensemble, comme j’en eus une fois l’intuition, au moment où je commençais à écrire, à savoir que mêler la vie et la littérature n’était ni un péché ni une faute, et qu’elles pouvaient au contraire s’assembler avec un naturel stupéfiant.

Je retrouvais Bolaño et me promenais avec lui au bord de la mer certains après-midi et je me demandais parfois si cet ami n’avait pas vraiment la littérature dans le sang. Encore aujourd’hui, sa plus célèbre déclaration de principe m’aide à aller de l’avant avec un esprit sauvage : « La littérature ressemble beaucoup aux combats de samouraïs, mais un samouraï ne combat pas un autre samouraï : il combat un monstre. Et en général, il sait qu’il sera vaincu. Avoir le courage d’aller combattre tout en sachant déjà qu’on va être vaincu, c’est cela la littérature. »

Cette déclaration aride mais émouvante, nul écrivain sans une vision particulièrement sauvage et passionnelle de la littérature n’aurait pu la faire. C’était une idée qui, comme l’a dit un jour Rodrigo Fresán, contaminait, presque instantanément, une certaine théorie romantique de l’activité poétique et de sa pratique comme utopie réalisable… D’ailleurs, être avec Bolaño à une terrasse de café face à la mer, c’était comme être avec un « écrivain d’avant », avec un poète, et vivre dans cette utopie réalisable.

Je regarde, je lis, je reprends mon journal intime. Hier je me suis rendu compte à quel point j’avais bien fait de consigner tous ces détails infimes, tant de choses que j’aurais oubliées si je ne les avais pas notées depuis 1985. En cherchant ce que j’avais écrit le 21 novembre 1996, je suis tombé sur cette note sèche mais au fond très expressive ― parce que tranchante :

« Bolaño ».

J’ai vu aussi, en relisant mes notes, que quatre jours après notre première rencontre au Novo, le 25 novembre, j’étais allé à Barcelone à l’hôtel Condes de Barcelona pour la conférence de presse d’Étoile distante. Cela m’a surpris parce que je n’avais pas le souvenir que ces deux épisodes, le Novo le 21 et cette conférence de presse le 25, aient été aussi rapprochés. De cette réunion de journalistes, je me souviens, entre autres choses, que tandis qu’Herralde présentait son nouvel auteur, je n’arrivais pas à détourner le regard de la citation de Faulkner en exergue de la nouvelleEn français dans le texte original de Bolaño.

« Quelle étoile tombe sans que personne ne la regarde ? »

Nous sommes à la fin de cette année 1996, Bolaño venait enfin d’être vu, regardé, détecté. Et cette citation offrait, entre autres, la possibilité d’être comprise en ce sens. Je regardais Bolaño et, dans une sorte de jeu silencieux, je ne cessais d’avoir confirmation qu’il n’avait rien du sinistre aviateur d’Étoile distante, de ce type dont le narrateur de la nouvelle disait qu’il avait l’air d’un homme très dur, comme seuls peuvent l’être ― et seulement passé quarante ans ― certains Latino-Américains. Et il ajoutait : « Une dureté bien différente de celle des Européens ou des Américains du Nord. Une dureté triste et irrémédiable. »

Cette probable dureté de Bolaño, le jour de la conférence de presse, n’avait pas grand-chose de triste et présentait au contraire un angle potentiellement joyeux. Peut-être parce que pour lui tout était nouveau, parce que tout était soudain devenu plus amusant et dangereux qu’avant, et que la machine à anonymat, avec toute l’énergie accumulée au long de ces années désaxées, se mettait brusquement en branle ; une tiède euphorie semblait régner alors : « Donc qu’est-ce qu’une écriture de qualité ? Eh bien, ce que ça a toujours été : savoir mettre la tête dans le noir, savoir sauter dans le vide, savoir que la littérature est essentiellement un métier dangereux. »

Vers la quarantième minute, quand l’atmosphère se fut enfin détendue, il se laissa porter par une question sur la réalité modeste du Chili qui le lança brusquement dans un long monologue, absolument fascinant, hors du temps et de propos, un monologue sur la discipline, la martialité britannique de l’armée chilienne. Il m’a semblé qu’à partir de cette quarantième minute, Bolaño avait arrêté le temps. Je me souviens avoir à cet instant précis fermé les yeux et que ce fut étrange, j’eus alors la sensation que c’étaient ses mots à lui qui étaient véritablement martiaux et qu’ils faisaient le double de leur poids. Aujourd’hui je n’écarte pas la possibilité que l’implacable machine à anonymat forgée à Blanes pendant sa période silencieuse ait fait peser plus lourd chacun de ces mots.

Je me souviens qu’au fur et à mesure qu’il parlait et parlait, on assistait à quelque chose d’extraordinaire : un écrivain s’exprimant sans les tics des narrateurs professionnels. Cela s’est surtout vu durant les éternelles dernières minutes de la conférence de presse, quand il a fait preuve d’une générosité narrative soudaine et sans limite, une véritable explosion de passion pour ce qui se racontait-là. Les journalistes semblaient être des pêcheurs hypnotisés, attablés dans un bar de Blanes et, pendant un instant, là à l’hôtel Condes de Barcelona, ce fut comme s’il s’était mis à écrire un nouveau roman, à l’écrire directement dans la vie, un roman semblant pousser directement des dernières pages d’Étoile distante. En fait ― mais je n’en avais pas encore conscience ―, il était en train de se passer la même chose qu’avec Étoile distante, surgie des dernières pages de La littérature nazie en Amérique.

C’était toujours comme ça avec Bolaño, d’un livre en surgissait un autre, tout était en quelque sorte lié. En fait, Étoile distante a surgi au moment précis où Herralde, dans son bureau chez Anagrama, a demandé à Bolaño s’il avait un roman inédit, un texte récent qu’il aurait pu publier. Ce roman n’existait pas, mais Bolaño lui assura le contraire et trois semaines plus tard ― un temps record ― il l’avait écrit en reprenant ― pour gagner du temps, mais aussi parce que son œuvre a toujours avancé par ces déploiements d’un roman à l’autre ― un nombre considérable de mots de La littérature nazie en Amérique. Entre sa dernière phrase (« Fais attention à toi, Bolaño, dit-il finalement, et il partit. ») et celle d’Étoile distante (« Faites attention à vous, mon ami, dit-il finalement, et il partit. ») je crois avoir toujours préféré ce « Fais attention à toi, Bolaño ». Mais évidemment, ce n’est qu’anecdotique. Ce qui l’est beaucoup moins, c’est que les jours suivant la remise du manuscrit à Anagrama, Bolaño passa par des moments à la fois difficiles et heureux (il était content de cette chance qui semblait venir de tourner) où une certaine peur se mêlait à un petit rire nerveux, comme s’il était effrayé mais aussi amusé à l’idée que la maison d’édition découvre qu’il avait recopié toute une partie de son propre texte.

Tout dans sa période post-Étoile distante fut régi par des objectifs d’intensité et de temps record. Tant et si bien que je l’imagine parfois jouer dans Sur le passage de quelques personnes à travers une assez courte unité de temps, le court-métrage de Guy Debord.

« Pour Paula, avec tendresse et admiration, de son ami temps record. Roberto. Blanes, mars 97 », a-t-il écrit sur un exemplaire de La senda de los elefantes [La piste des éléphants], le livre publié en 94 par la municipalité de Tolède. De la quatrième de couverture de cet exemplaire, ce qui attire mon attention c’est qu’elle n’a été en réalité écrite que très peu de temps avant un tournant important dans sa vie d’écrivain, mais cette quatrième incapable de le prévoir aurait aussi découragé n’importe qui ; la biographie qu’elle affichait n’aurait pu être plus dissuasive, en dixième position à partir de l’avant-dernier rang du chapelet des enfers : « Roberto Bolaño est né à Santiago du Chili en 1953. Il a été critique littéraire et traducteur. Il a dirigé la revue Berthe Trepat. Ses poèmes figurent dans plusieurs anthologies de poésie chilienne actuelle. Il a publié trois recueils de poésie : Reinventar el amor [Réinventer l’amour], Taller Martín Pescador, Mexico, 1976 ; Muchachos Desnudos bajo el Arcoíris de Fuego [Jeunes garçons Nus sous l’Arc-en-ciel de Feu], éd. Extemporáneos, Mexico, 1979 […] »

À partir de la fin 96, nombre de mouvements chez Bolaño semblent porter le sceau du temps record et être fous de vertige. Je retourne à mon journal pour y trouver les notes sur mes voyages à Blanes entre 1997 et 1998, des voyages d’abord pour retrouver Paula, et puis, quand elle a eu cessé de travailler au lycée mais gardé sa maison avec terrasse face à la mer, des voyages pour nous retrouver, Paula et moi, avec Carolina et Roberto, et dîner, pendant une longue période obsessionnelle dans un restaurant chinois atroce qu’on adorait. Les mois passant, c’était devenu un rite : aller passer la journée ou le week-end à Blanes et finir par aller chercher Lautaro à la sortie de l’école, se préparer à la visite du grand ami de la famille, A. G. Porta, avec qui nous finissions par nous perdre dans de complexes sujets métaphysiques, à la nuit tombée dans un bar du port. Jordi Llovet, Pons Puigdevall, Gonzalo Herralde et Luisa Casas, Javier Cercas et sa famille, Joan de Sagarra et María Jesús de Elda, Carles Vilches, Gina et Peter, entre autres, sont passés par Blanes durant les premiers mois de l’année 97, et mon journal, évidemment, en faisait mention. Mouvements, fêtes, noms, faits, tout avait été noté, y compris cette phrase si ridicule de Vilém Vok un soir au Casino, qui disait que Bolaño était tombé dans les bras de l’Humanité…

Que voulait-il dire par-là ? Oh, bon, peu importe désormais. Peut-être avait-il raison. Après tout, à cette période l’Humanité était dans le train pour Blanes.

Le 22 juillet 1997 à Gérone, Javier Cercas avait présenté Étoile distante à la Llibrería 22 et, après dîner, on donna une grande fête, existentielle je dirais même ― presque dans le style des fêtes des films d’Antonioni ― chez Pepa Balsach et Ángel Jové. Avec pour couronner le tout, un retour à Blanes en voiture très mouvementé et troublant.

Le 29 septembre Roberto et Carolina descendirent à Barcelone dans mon appartement au n°80 de la Travesía del Mal, où ils jetèrent un coup d’œil au paquet de lettres quotidiennes que, tous les jours sans faute depuis deux ans, m’envoyait une inconnue, dont le style avait fini par me devenir familier : le processus était toujours le même, elle commençait son discours avec une prose tranquille, sereine, puis elle perdait le contrôle des mots et, faisant exploser l’insipide normalité de la bonne éducation, elle entrait dans un chaos narratif qui tranchait avec sa correction initiale (cette structure me rappelle évidemment celle de Libro, un roman formidable de José Luis Peixoto). Bolaño piocha l’une des lettres, la lut à voix haute et déclara soudain, à notre grand étonnement à tous, que c’était une lettre très bien écrite. Le plus fort dans cette déclaration, ce furent ses arguments, des arguments convaincants qui montrèrent qu’en tant que lecteur, il savait trouver dans chaque texte, aussi extravagant pouvait-il paraître, un minimum d’attrait, quelque chose de notable.

Une heure plus tard, nous allions de l’appartement au passage qui jouxte la librairie La Central, où la toute jeune et encore inconnue Alicia Framis, à ce moment-là à Amsterdam et donc étrangère au tapage que nous nous apprêtions à faire autour de son œuvre ― en d’autres temps riveraine de la Travesía del Mal, la seule artiste que j’aie connue habitant cette avenue épouvantable ―, elle exposait au sous-sol d’une galerie que personne ne visitait un gigantesque panneau qu’elle avait intitulé, en hommage à l’un de mes livres, Una casa para siempre [Une maison pour toujours]. Le panneau était barré de rayures horizontales noires et blanches, sur les noires étaient écrits une infinité de mots.

Nous sommes restés un bon moment dans ce sous-sol car Roberto se disait émerveillé par ce qu’il était en train de voir. Sans doute en voyait-il davantage que nous autres. « C’est excellent », répéta-t-il plusieurs fois, je me souviens, et il réussit à me faire voir à moi aussi cette « maison pour toujours » avec un autre regard, et je me mis tant et si bien à imaginer tout ce qui en faisait une œuvre géniale qu’aujourd’hui encore je ne manquerais pas d’arguments s’il me fallait réexpliquer pourquoi.

Le 18 décembre, chez Happy Books, il y eut la conférence de presse d’Appels téléphoniques, et le soir, Echevarría présentait le livre à la Casa Amèrica Catalunya. Souvenirs confus. Mais pas du livre. Parmi les textes, « Joanna Silvestri », dédié à Paula, et la nouvelle « Enrique Martín », dédié à moi, peut-être parce que je m’appelle Enrique comme le personnage principal, bien que je ne pense ressembler en rien à ce poète admirateur de Miguel Hernández et León Felipe. « Sensini », sans doute le meilleur texte du recueil, n’était dédié à personne, mais il était évident que c’était de toutes les nouvelles la plus dédiée à quelqu’un, puisqu’elle avait été pensée pour le grand Antonio Di Benedetto, participant comme une ombre en Espagne, dans sa solitaire étape finale, à des concours littéraires de province.

La nouvelle « Enrique Martín » n’est pas la meilleure, mais le livre est dans son ensemble puissant et propose, autre autres choses, une analyse intéressante et complexe ― en dialogue je crois avec Les détectives sauvages, qui n’allaient pas tarder à arriver ― de la tension vécue par tout écrivain contemporain entre marché, consécration et résistance. Comme le remarquent Andrea Cobas et Verónica Garibotto dans leur essai Un epitafio en el desierto [Une épitaphe dans le désert], Bolaño commente dans ce recueil les trois possibilités étroites et sempiternelles qui se présentent à tout écrivain contemporain : se conformer aux règles du marché (cette foule de gris écrivains avertis) ; s’y soustraire complètement et poursuivre son travail souterrain et inconnu, comme celui d’Enrique Martín ; ou comme Sensini ou le narrateur de ce récit, ou encore le Belano d’ « Enrique Martín », rentrer dans l’industrie éditoriale, mais sans accepter toutes ses règles, flirtant avec elle en cassant certains de ses codes (le Belano des Détectives sauvages se moquant de tous ces m’as-tu-vu madrilènes et de la Foire du Livre, par exemple).

Nous avons parlé de trois issues, de trois possibilités étroites qui se présentaient / se présentent à tout écrivain contemporain. Mais dans « Appels téléphoniques », la nouvelle donnant son titre au recueil, surgissait, laissée tombée là distraitement, une quatrième voie et terrible vérité :

« B pense aussi que la ruelle est sans issue. »

L’a-t-il eue avant 1996 ? Deux ans plus tard, il n’y aurait plus d’issue, de cela je pourrais presque en jurer. Parfois je me dis que l’œuvre majeure de Bolaño, écrite en un temps record jusqu’à sa mort en 2003, se déroule en plein dans la plus hostile des ruelles, celle dont j’ai déjà parlé : ce passage obscur et mortel, sans lumière du paradis ni échappatoire possible pour quiconque a compris effrayé qu’après avoir mis au point sa machine à anonymat, son désir s’était réalisé, fatalement mortel : son étoile a été vue, captée par les corbeaux du nouveau territoire où il s’est enfoncé.

Avant 1996 il n’y avait ni ruelle ni souci d’impasse. Loin des rugueux murs de briques recouverts d’ombres, avec la sérénité qui entra dans sa vie grâce à la stabilité que lui donnait sa relation avec Carolina, il put vivre libre comme s’il avait vécu en ces temps où les écrivains étaient des dieux, qu’ils écrivaient dans l’unique but de communiquer avec les morts et n’avaient jamais entendu parler du marché, mystérieux et solitaires, égarés dans des atmosphères de perdition, d’humour et de poésie.

Au début du mois de février 98 il apprend, tardivement, la mort au Mexique de Mario Santiago, survenue le 10 janvier. Juan Villoro avait écrit « Un poète », sa nécrologie dans La Jornada, mais la nouvelle avait tardé à venir jusqu’à Blanes, et lorsqu’elle arriva, ce fut tel quel, sans plus de détails que la mort qui enfonça Bolaño comme jamais, lui qui l’été précédent avait écrit à son ami qu’il s’appelait Ulises Lima dans le roman qu’il était en train d’écrire, Les détectives sauvages.

Mario Santiago laissa un dernier poème (on peut le lire sur un mur de la pulquería La hija de los Apaches, dans le quartier de Romita, à Mexico), quelques vers qui, selon l’interprétation qu’on en fait, pourraient commenter la fin d’Étoile distante (« Faites attention à vous, mon ami, dit-il finalement, et il partit »), mais aussi, d’une manière glaçante, la propre mort du poète, la mort de Mario, sa mort subite sous les roues d’une voiture : « Quoi de plus que / savoir enjamber les cordes / & défoncer au milieu du ring / La vie est 1 sourde torgnole / Hallucination de FZ / Film de Juan Orol / Mieux vaut se casser là / Sans crier sperme ou c’est une partie de plaisir / Gribouiller la position du fœtus / Mais maintenant si / définitivement / & à l’envers ».

« Mario était un poète poète », dit Bolaño à la fin de cette année-là dans une interview à propos des Détectives sauvages. Certainement, dans sa condition de barde indiscutable avec une très probable gueule de saint, c’était le poète auquel Bolaño faisait référence lorsque dans les premières lignes de « Enrique Martín » il évoquait quelqu’un qui pouvait tout supporter. Mario Santiago était un poète poète qui avait compris à temps qu’il fallait savoir enjamber les cordes. Là est toute la question, je veux dire que c’est de cela dont il s’agit, that is the question : il n’y a pas d’issue dans la ruelle, ce qui ne veut pas dire qu’il ne soit pas important de savoir enjamber les cordes.

« Un poète peut tout supporter, ce qui revient à dire qu’un homme peut tout supporter, mais ce n’est pas vrai : il y a peu de choses qu’un homme puisse supporter. Supporter vraiment. Un poète, en revanche, peut tout supporter. Nous grandissons avec cette conviction. Le premier énoncé est vrai, mais il conduit à la ruine, à la folie, à la mort. »

« J’appelle “classiques” les gens qui ne faisaient pas encore de la littérature un métier » (Jules Renard, Journal). Que la ruine, la folie, la mort et la grande escroquerie qu’est la jeunesse soient au centre des Détectives sauvages, cela se sait, mais on sait moins que la structure centrale du livre prend pour modèle Les portes du paradis, l’œuvre d’un écrivain polonais aujourd’hui passablement oublié, Jerzy Andrzejewski, et aussi La croisade des enfants, de Marcel Schwob (déjà adopté des années plus tôt par Faulkner dans Lumière d’août). Ces deux livres et Lumière d’août étaient presque des bibles pour Bolaño ; je me rappelle une conversation à propos d’Andrzejewski au Terrassans, un après-midi de mars 98, quelques jours avant mes cinquante ans que nous fêterions au restaurant Massana à Barcelone et qu’il soit frustré de n’avoir pas pu lire ces quelques lignes humoristiques écrites par lui : « Avant que ne pointe l’aube je demande un peu de silence pour pouvoir prendre la parole […] Mon ami Enrique a aujourd’hui dix-sept ans, c’est tout. Dix-sept ans en littérature c’est monstrueux… »

De tout ce dont nous avons discuté ce jour-là au Terrassans, le sujet le plus intéressant portait sur ce qu’on pourrait appelait le « facteur d’échappatoire au labyrinthe », ces trois issues ou possibilités étroites dont Andrea Cobas et Verónica Garibotto avaient eu l’intuition ; les seules possibilités qui s’offrent à un écrivain contemporain ; aucun parmi eux qui soit un minimum honnête ne peut cesser de se demander quel choix faire et s’il y en aura un qui sera assez satisfaisant ou si la ruelle, peut-être ainsi que nous en avons peut-être déjà eu l’intuition, n’a en réalité pas d’issue.

En août 1998, il me donna, comme l’« écrivain d’avant » qu’il était, des conseils vitaux, presque hallucinants, pour résoudre un problème me bloquant dans la rédaction de mon dernier roman, Le voyage vertical. Je trouvais qu’il ne s’y passait rien, et c’est ce que je lui dis. Mais pour lui c’était le contraire. Tu crois qu’il ne se passe rien, me dit-il, étonné, mais il se passe plein de choses là-dedans, vraiment plein de choses. La scène du sous-sol où Alicia Framis exposait Una casa para siempre se répétait. C’est excellent ce qu’il se passe là-dedans, me dit-il plein d’enthousiasme pour mon voyage portugais vertical ; jamais dans la vie quelqu’un ne m’avait autant encouragé. Un moment inoubliable, parce qu’il me sembla avoir soudain compris en quoi savoir se sortir d’une impasse pouvait exactement consister.

Le 2 novembre il recevait le prix Herralde pour ses surprenants ― vu le temps record d’écriture ― Détectives sauvages, roman qui n’avait sûrement pas surgi du néant, comme certains l’ont cru, mais de l’implacable machine à anonymat : Bolaño utilisa le volumineux matériau accumulé pendant ces années qu’il avait passées à devenir plus fort en silence.

La 6 décembre au matin, il déménagea pour s’installer avec Carolina et Lautaro au n°13 de la Carrer Ample à Blanes, au deuxième étage. Le 16 décembre, ce fut la présentation des Détectives sauvages à Barcelone. Jorge Edwards commença à parler puis ce fut à moi de lire mon texte « Bolaño en la distancia [Bolaño au loin] », qui comprenait une série de brefs mouvements théâtraux, me permettant de me rapprocher et de m’éloigner de Bolaño tout en lisant. Un texte intuitif et prémonitoire car il prévoyait les variations rythmiques qui régiraient notre relation à partir de ce moment-là. Dans le public, je me souviens de la présence de Carolina, Herralde et Lali Gubern, Gina et Peter, Carles Vilches, Menene Gras, Paula de Parma, Ignacio Martínez de Pisón, Javier Cercas. Edwards osa dire que c’était un bon roman, un très bon roman, même s’il devait confesser ne pas l’avoir fini ; il reçut un sacré savon ― j’irais jusqu’à dire historique ― de la part de l’auteur. Ce savon résonne encore dans mes oreilles et quand cela arrive, j’imagine Proust, Joyce, Schwob et Andrzejewski y ajouter leur voix, comme si eux aussi avaient été fâchés.

Que faire ? Ce qui de cette époque résonne le plus en moi reste cette question toujours d’actualité, déjà longuement abordée avec Roberto, cet après-midi-là à la terrasse du Terrassans. « Une fois dedans, jusqu’au cou », disait Céline. C’est ainsi : jusqu’au cou. Et l’on peut remarquer que les portes de sortie ― s’intégrer, être un écrivain souterrain, rentrer dans l’industrie et saper ses règles ― perdent dangereusement de leur attrait et de leur ampleur. Elles semblaient être de généreuses ouvertures vers le dehors, mais même ainsi faudra-t-il savoir enjamber les cordes. Tout poète poète finit par passer beaucoup de temps dans la ruelle obscure, vivante machine à discret anonymat s’il en est. Là-bas, on vous attaque, vous bouscule, vous harcèle, vous demande du feu, on vous roule, on vous flatte, on vous fait peur, on vous tire dessus. Il n’y a rien à l’extérieur de la ruelle, seul le souvenir des jours heureux, des jours où on accumulait de l’énergie (« je suis toujours muet, écrit le jeune Nabokov, et je puise des forces dans le silence. Les lointaines crêtes d’œuvres à venir, dans les ombres de mon âme, sont encore cachées comme des sommets de montagnes dans le brouillard avant l’aube ») dans le but de pouvoir enfin, un soir, réussir à prendre la parole, la parole si souvent reportée, et pouvoir dire qu’on… qu’on, eh bien, pouvoir dire qu’on a toujours été Jack l’éventreur. Oui, c’est par-là que cela commence. Par-là que justement tout finit.

Il y a peu, au festival de Paraty, au Brésil, j’ai donné une conférence radicale sur l’état de la littérature dans notre monde actuel. Je l’ai intitulée « Musique pour les ratés », et j’y disais, entre autres choses, qu’en réalité, concernant la littérature, tout était terminé, même si on pouvait peut-être heureusement nuancer cela, mais on ne pouvait pas nier, ai-je dit, que la prose s’était transformée en produit supplémentaire sur le marché : intéressant, distingué, ouvragé, respecté, mais irrémédiablement insignifiant… Il reste à se demander, ai-je ajouté, si on ne devrait pas se contenter de lire les écrivains plutôt que de les voir, car j’ai toujours pensé qu’à l’instant précis où les écrivains commencent à être vus, tout est foutu.

Le lendemain, la presse brésilienne a raconté que j’avais remis en question le festival de Paraty, où tant d’écrivains allaient être vus, moi inclus. Il m’a semblé ne pas avoir été compris, ou peut-être qu’au contraire j’avais dangereusement et terriblement été bien compris et que la vengeance du bureau ovale s’était mis en marche. Cette nuit-là, je me suis demandé pourquoi, pourquoi tout cela, pourquoi cette conférence radicale qui recensait les sorties possibles à la portée d’un écrivain contemporain qui veut être libre. Étais-je arrivé à quelque chose avec mon plaidoyer ? Je n’avais causé que stupeur parmi un groupe conséquent de dames brésiliennes et pour couronner le tout, rien n’avait changé et j’avais même donné l’impression ― ce que je ne recherchais absolument pas ― d’être un type qui se compliquait inutilement la vie.

À l’hôtel, à l’heure du dîner, j’ai vu les écrivains anglais et nord-américains, tous très voyageurs et très connus ― Franzen, McEwan, Kureishi ― et je me suis aperçu que tout était beaucoup plus facile pour eux, qu’ils se contentaient de raconter sans perdre de temps dans d’inutiles postures séditieuses, de vieilles polémiques marxistes et tout ce jargon révolutionnaire de jadis. Et le comble, c’est qu’ils étaient riches, célèbres et heureux.

Quand j’ai raconté tout cela à un journaliste brésilien, celui-ci m’a surpris en me disant que je faisais erreur. Ne crois pas qu’il en soit ainsi, m’a-t-il dit, ce matin j’ai discuté avec McEwan et figure-toi qu’il ne le vit pas bien, il m’a dit qu’il est parfois malheureux parce qu’il regrette l’époque où personne ne le connaissait et qu’il pouvait écrire tranquille.

Je suis resté un instant silencieux. J’ai souri. Il m’a semblé qu’ici à Paraty je venais de faire un pas de plus pour réussir un jour, sur le rythme le plus aérien possible, à enjamber les cordes. C’est alors que je me suis irrémédiablement souvenu de Bolaño et je n’ai pu m’empêcher de l’envier en l’imaginant enfin libre de toutes ces imbécilités, poète pour toujours, loin des mouches de la vieille boucherie de Blanes. Ni temples ni jardins. Ni mafias ni ruelles. Enfin libre, comme un admirable poète troyen.

Published September 15, 2016
Texte écrit par V-M pour le catalogue de l’exposition « Archivo Bolaño 1977-2003 »
© 2003 Enrique Vila-Matas
© 2016 Specimen

Gli scrittori di una volta (Bolaño a Blanes 1996-1999)

Written in Spanish by Enrique Vila-Matas


Tradotto in italiano da Natalia Cancellieri

Cos’altro se non / saper uscire dalle corde
–Mario Santiago

Monterroso ha scritto che prima o poi ogni scrittore latinoamericano si trova davanti a tre possibili destini: l’esilio, la clausura o la sepoltura.

Bolaño lo conobbi proprio alla fine della sua fase di clausura, anche se sarebbe più esatto definirla di anonimato, isolamento, segregazione.

Lo conobbi un 21 novembre del 1996 al Bar Novo di Blanes, un locale che era una specie di caffetteria catalana, uno di quei posti contraddistinti da un arredamento immacolato, lattiginoso; luoghi, in realtà, presumibilmente igienici quanto orrendi, specie per chi, come me in quel periodo, amava la torbida oscurità dei grandi bar notturni.

Mi ero fermato al Novo con Paula de Parma a bere una bibita, e subito dopo aver ordinato vidi entrare Roberto Bolaño. Lei, che lavorava in un liceo di Blanes, aveva appena finito di leggere Stella distante (allora uscito da poco per Anagrama) e ricordo come se fosse ieri che domandò a Bolaño se fosse Bolaño. Lo era, aveva detto Bolaño. E io ero Vila-Matas, aveva aggiunto.

– Cristo! – si sentì subito dopo.

L’esclamazione era opera dello stesso Bolaño, e la conversazione che seguì mi sembrò durare quanto «la lunga risata di tutti questi anni», per dirla con Rodolfo Fogwill.

Ricordo che con Roberto ho sempre parlato come se ci conoscessimo da sempre. Viveva con la moglie, Carolina López, e loro figlio, Lautaro, al 17 di Carrer del Lloro (via del pappagallo) e aveva un piccolo studio al 21 della stessa via. Al 19 c’era la macelleria alla quale si era ispirato per una poesia memorabile come Tra le mosche: «Poeti troiani, / più nulla di quello che poteva essere vostro / Esiste / Né templi né giardini / Né poesia / Siete liberi / Mirabili poeti troiani».

Non aveva il telefono e la sua casella postale era la numero 441: lì riceveva le notizie relative ai suoi premi di provincia; l’ultimo dei quali arrivò da San Sebastián alla fine di quel 1996 per il racconto Sensini, un capolavoro. L’importo del premio era una cifra assai modesta, ma Carolina e Roberto, che vivevano dello stipendio comunale di lei, accolsero la notizia con un entusiasmo che si addiceva più al Nobel che a un premio locale.

Il mio laconico diario personale – redatto con una certa stringatezza, solo dati, annotazioni e brevi commenti – si rivela però di enorme aiuto al momento di rievocare i luoghi di Blanes che frequentavamo di più nei vertiginosi anni che seguirono: Debra, Bacchio, bar del Puerto, bar del Casino, Kiko, El Mexicanito, la hall del cinema Ample, Can Flores, bar Centro, Pastelería Planells, La Gran Muralla, Terrassans, L’Antic. Ci ritrovavamo spesso nelle rispettive case, ma anche in quei locali, che furono lo scenario di conversazioni, diverbi, passioni, sprazzi di creatività, discussioni infinite, risate, frasi che svanivano come il fumo: «Fumare con gli occhi socchiusi e recitare i bardi provenzali / nel solitario viavai delle frontiere / Questo può essere la disfatta ma anche il mare / e le osterie» [La universidad desconocida (L’università sconosciuta)].

Sospetto, andando forse controcorrente, che il fatto di risiedere a Blanes, di vivere un amaro tempo di silenzio, di abitare nella disfatta – nell’avversità, ma con il mare e le osterie – sia stato un bene per Bolaño. No, non sono ironico. Mi è solo venuta in mente la parabola di quel paesano che avrebbe fatto meglio a non mettere mai piede a Parigi, perché, quando lo fece, fu inghiottito dalla città. Non voglio dire che questo fosse esattamente il caso di Bolaño, eppure, quando penso a lui, non posso fare a meno di rievocare un’epoca felice toccata a certi artisti, i gloriosi giorni senza gloria vissuti prima di aver sentito parlare del mondo letterario, delle invidie, degli ego e del mercato: giorni in cui questi artisti erano misteriosi e antisociali e, per quanto deplorassero muoversi fra tanta tristezza e desolazione, vivevano e respiravano pienamente nel loro personale sacro regno dell’arte.

Il caso del lungo isolamento di Bolaño a Blanes mi ricorda i libri di cui ci parla Elias Canetti ne La provincia dell’uomo, libri che teniamo lì per molti anni senza leggerli, libri dai quali non ci separiamo mai e che portiamo con noi da una città all’altra, da un paese all’altro, accuratamente impacchettati, malgrado lo spazio ridotto, e che magari sfogliamo solo al momento di disfare i bagagli; tuttavia, ci guardiamo bene dal leggere anche solo una frase completa. Poi, dopo parecchi anni, arriva un momento in cui, tutt’a un tratto, come spinti da un imperativo superiore, non possiamo fare altro che prendere uno di quei libri e leggerlo d’un fiato, da cima a fondo; quel libro è come una rivelazione. Allora capiamo perché l’abbiamo custodito con tanta cura. Doveva stare molto tempo al nostro fianco; doveva viaggiare; doveva occupare spazio; doveva essere un carico, e ora è arrivato a destinazione; ora si disvela; ora illumina gli anni in cui è rimasto muto accanto a noi.

Proprio come quel libro, Bolaño probabilmente non avrebbe potuto dire così tante cose se non fosse rimasto muto per tutto quel tempo. «In quel periodo è lecito supporre che abbia accumulato la formidabile energia che sprigionerà a partire dal 1994», nota Ignacio Echevarría in Bolaño extraterritorial [Bolaño extraterritoriale]. All’energia che andava accumulando bisognerebbe forse aggiungere la felicità di non essere nessuno e al tempo stesso essere qualcuno che scriveva. A volte il tempo di silenzio è il paradiso degli scrittori.

Era arrivato a Blanes insieme a Carolina nell’estate del 1985 per lavorare in un negozietto di bigiotteria aperto da sua madre in Carrer Colom 28 e dove lui serviva i clienti, di solito turisti. I primi mesi si comportò come un cauto detective e si mise sulle tracce del Pijoaparte, il personaggio di Juan Marsé che viveva a Blanes con la sua Ducati. «Quando il negozio mi lasciava del tempo libero, e siccome camminare stanca, entravo nei bar di Blanes a bere una birra e parlavo con la gente, ed è stato così che non ho trovato la casa di Marsé, ma ho trovato degli amici», avrebbe ricordato nel suo Pregón de Blanes [Proclama di Blanes].

Quegli amici erano pescatori, camerieri, giovani drogati (tutti condannati a morte): la famosa scuola della vita. Non c’è dubbio che la fase di anonimato, di isolamento, sia stata dura, ma credo sia stata anche provvidenziale, perché se, ad esempio, nessuno nel mondo letterario gli prestava la minima attenzione, è anche vero che quella condizione di grande sconosciuto non ha fatto che favorire la sua piena dedizione alla scrittura. Anzi, ho la sensazione che nell’intensa asprezza del periodo in cui era il grande dimenticato, si sia forgiato il suo carattere e soprattutto il suo potente – e a tratti comprensibilmente astioso – stile. È duro passare da momenti di desolazione, chi può negarlo, ma è anche plausibile che la vita agra e isolata possa significare per un artista un apprendistato impietoso ma assai stimolante e, per di più, utile nel momento in cui si lascia alle spalle le tenebre del disprezzo o dell’indifferenza altrui e si presenta alla luce del giorno, per la sorpresa di chi fino ad allora l’aveva ignorato… Si presenta armato fino ai denti, pronto a tutto, navigato grazie all’isolamento e alla felicità di tutti quegli anni. Un samurai a Blanes. Mi fa pensare all’autore madrileno di questo aforisma, che contiene una verità così chiara e netta: «Il carattere si forma la domenica pomeriggio».

Conobbi Bolaño proprio quando stava uscendo da quella fase di interminabili domeniche durante le quali si era plasmato il suo animo selvaggio, lo conobbi alla fine del prodigioso anno in cui una serie di cose avevano determinato una svolta per lui e per la sua famiglia, l’anno che iniziò con la pubblicazione di La letteratura nazista in America per Seix Barral e che si concluse con quella di Stella distante per Anagrama.

Bolaño era – bisognerebbe dirlo con un accento brasiliano – meravigliato. Non gli era mai mancato il senso dell’umorismo e quell’anno gli sarebbe mancato ancora meno. Di quel giorno al bar Novo ricordo soprattutto di aver avuto la sensazione o il presentimento, dopo aver conversato qualche istante con lui, di essere davanti a un vero scrittore, una cosa che il lettore deve sapere fin da subito, senza ulteriori indugi, non capita certo tutti i giorni: «La poesia (la vera poesia) è fatta così: si lascia presentire, si annuncia nell’aria, come i terremoti che si dice vengano preavvertiti da certi animali particolarmente sensibili»; la sensazione di trovarmi davanti a un cileno che non sembrava cileno e che invece si avvicinava moltissimo all’idea romantica che nella vita reale avevo perseguito per due decenni, l’idea di come secondo me doveva essere uno scrittore. Non molto tempo fa, Gonzalo Maier citava un saggio di Fabián Casas in cui questi, nel ricordare Bolaño, spiegava quanto sentisse la mancanza degli «scrittori di una volta, tutti quei personaggi che, come Cortázar, erano stati molto di più che semplici scrittori, erano stati anche maestri, esempi di vita, fari potenti nei quali lui e i suoi amici si rispecchiavano».

A me Cortázar non è mai parso un faro, però capisco bene a che cosa si riferisce Casas. In effetti ora non credo di sbagliare se dico che, quel giorno al Novo, in Bolaño ho subito visto o riconosciuto un eremita lunatico o, per meglio dire, «uno scrittore di una volta», un personaggio di quelli che consideravo ormai introvabili, perché credevo che appartenessero a un mondo da me intravisto in gioventù ma che era andato perduto per sempre; un tipo di scrittore che non dimentica mai che la letteratura è, prima di tutto, un mestiere pericoloso; una persona che non solo è coraggiosa e non fa la minima concessione alla volgarità imperante, ma che denota un’autenticità formidabile e riesce a unire vita e letteratura con assoluta naturalezza; un incredibile superstite di una specie in via d’estinzione; un tipo di scrittore sorprendente che appartiene con orgoglio a una stirpe di gente svitata, ossessiva, maniaca, fuori di sé nel senso migliore del termine: tipi ostinati, molto ostinati, ben consapevoli che è tutto falso e che, per di più, è tutto, assolutamente tutto, finito (credo che quando ci si trova nella situazione di ponderare le dimensioni del falso e della fine di tutto, allora, solo allora, l’ostinazione può aiutare, può indurre a fare avanti e indietro per la propria cella e cercare così di non mancare l’unico e minimo istante – perché quell’istante esiste – che può salvarci); tipi ben più disperati della famosa rivoluzione, cosa che in qualche modo ne fa gli eredi indiretti dei misantropi sciagurati di un tempo.

Questi sciagurati vissero all’epoca in cui gli scrittori erano simili a dèi e vivevano sulle montagne come eremiti disperati o nobili bisbetici; a quel tempo scrivevano al solo scopo di comunicare con i morti e non avevano mai sentito parlare del mercato, erano misteriosi e solitari e appartenevano al sacro regno delle lettere. Probabilmente, gli «scrittori di una volta» sono gli eredi degli enigmatici e misantropi eremiti disperati di un tempo; sono come i tipacci più torvi del vicolo più impenetrabile e, ovviamente – lo dico per provare a inserire qui una nota umoristica, in linea con la lunga risata di tutti questi anni –, non hanno nulla da spartire con i grigi scrittori competenti della cosiddetta «nuova narrativa spagnola», a suo tempo così prolifici; gli «scrittori di una volta» vanno in cerca di un modo alquanto personale di esprimersi, ben consapevoli del fatto che in tale modo possa ancora esserci – dopo la fine della grande vecchia prosa e dopo la morte pressoché certa della letteratura – una via, forse l’ultima da percorrere. O no? O ormai non ne è rimasta neanche una? Pensate che ormai non ne sia rimasta neanche una? In tal caso, vi ricordo una frase – è solo una frase ma che frase – del racconto Chiamate telefoniche:

«Anche B pensa che il vicolo sia cieco».

Conoscere Bolaño – devo aggiungere che nel 1996, letterariamente parlando, mi sentivo disorientato da parecchi anni – fu come tornare sui miei passi e ricordare che vita e letteratura, a dispetto di quanto sostenevano i sorrisetti dei grigi scrittori competenti, potevano tranquillamente camminare fianco a fianco, proprio come avevo intuito una volta, negli anni in cui avevo iniziato a scrivere, quindi non era affatto un peccato né un errore mescolare vita e letteratura, anzi erano due cose che si potevano assemblare con una naturalezza straordinaria.

Certi pomeriggi mi trovavo con Bolaño e passeggiavamo in riva al mare e a volte mi domandavo se il mio amico non avesse davvero la letteratura nel sangue. Ancora oggi, la sua più famosa dichiarazione di intenti mi aiuta ad andare avanti con spirito indomito: «La letteratura somiglia molto alla lotta dei samurai, ma un samurai non combatte contro un altro samurai: combatte contro un mostro. E di solito sa anche che verrà sconfitto. Avere il coraggio, sapendo in partenza che sarai sconfitto, e combattere lo stesso: questo è la letteratura».

Una dichiarazione così lapidaria ma anche commovente non avrebbe potuto farla che uno scrittore con un’idea molto selvaggia, molto passionale della letteratura. Era un’idea che, come ha detto a suo tempo Rodrigo Fresán, contaminava, in modo istantaneo, una certa visione romantica dell’attività poetica e della sua pratica rendendole un’utopia realizzabile… In effetti, stare seduto con Bolaño in un bar all’aperto di fronte al mare era come stare in compagnia di uno «scrittore di una volta», di un poeta, e vivere in quella utopia possibile.

Sfoglio, leggo, riguardo il mio diario personale. Ieri mi sono reso conto di quanto sia stato opportuno riportarvi tanti dettagli minimi di quel periodo, tante cose che avrei dimenticato se non le avessi annotate a partire dal 1985. Cercando che cosa avevo scritto riguardo al 21 novembre del 1996, mi sono ritrovato davanti questo appunto sintetico ma in fondo così eloquente – in quanto incisivo:

«Bolaño».

Riprendendo in mano le mie annotazioni, ho anche scoperto che, quattro giorni dopo l’incontro al Novo, il 25 novembre, ero andato all’Hotel Condes di Barcellona per la conferenza stampa di presentazione di Stella distante. Mi ha sorpreso questo dato perché non ricordavo che le scene del Novo fossero così ravvicinate rispetto alla conferenza stampa del 25. Di quell’incontro con i giornalisti ricordo, fra le altre cose, che mentre Jorge Herralde presentava il suo nuovo autore, io non riuscivo a smettere di guardare la citazione di Faulkner che apriva la nouvelle di Bolaño:

«Quale stella cade senza che nessuno la guardi?».

Eravamo alla fine di quel 1996 in cui Bolaño era stato finalmente visto, guardato, individuato. E quell’incontro, peraltro, ben si prestava a essere letto in tal senso. Lo guardavo, Bolaño, e in una specie di gioco silenzioso non facevo che trovare più di una conferma del fatto che non aveva niente a che vedere con il sinistro aviatore di Stella distante, con quel tipo del quale il narratore della nouvelle diceva che sembrava un duro, come possono esserlo solo – e solo dopo i quaranta – certi latinoamericani. E aggiungeva: «Una durezza diversa da quella degli europei o dei nordamericani. Una durezza triste e irrimediabile».

La presunta durezza di Bolaño, il giorno della conferenza stampa, non era affatto triste, in realtà sembrava lasciare uno spiraglio a una certa possibile allegria. Magari perché tutto iniziava a essere nuovo per lui, magari perché tutto era diventato di colpo più avvincente e pericoloso di prima e la macchina dell’anonimato, con tutta l’energia accumulata nel corso dei giorni lunatici, si metteva tutt’a un tratto in movimento, fatto sta che si percepiva una moderata euforia in quel: «Allora, che cos’è una scrittura di qualità? Ebbene, è quello che è sempre stata: saper ficcare la testa nel buio, saper saltare nel vuoto, sapere che la letteratura è fondamentalmente un mestiere pericoloso».

Dopo una quarantina di minuti, quando il clima si era fatto finalmente più rilassato, lui si fece prendere da una domanda sulla modesta realtà del Cile e cominciò a sciorinare un lungo monologo, letteralmente affascinante, fuori dal tempo e dallo spazio, un monologo sulla disciplina, sulla marzialità britannica dell’esercito cileno. Credo che, a partire da quel quarantesimo minuto, Bolaño avesse fermato il tempo. Ricordo che a un certo punto chiusi gli occhi e fu strano, sentii che era come se le sue parole fossero davvero marziali e pesassero due volte tanto. Oggi non escludo che l’implacabile macchina dell’anonimato che si era forgiato a Blanes nel suo tempo di silenzio stesse enfatizzando doppiamente ciascuna di quelle parole.

Ricordo che, via via che parlava e parlava, saltava sempre più agli occhi che era uno scrittore privo dei tic dei narratori professionisti. Questo fu particolarmente evidente negli eterni minuti finali della conferenza stampa, quando dimostrò una repentina e sconfinata generosità narrativa, un vero impeto di passione per quanto stava raccontando. I giornalisti sembravano pescatori ipnotizzati al tavolo di un qualsiasi bar di Blanes e per un momento, lì al Condes di Barcellona, fu come se lui si fosse messo a scrivere un nuovo romanzo, a scriverlo direttamente nella vita, un romanzo che sembrava derivare proprio dalle ultime pagine di Stella distante. In effetti – benché allora non potessi saperlo –, stava succedendo la stessa cosa accaduta con Stella distante, che era nato dalle pagine finali di La letteratura nazista in America

Con Bolaño è sempre stato così: da un libro ne nasceva un altro, era tutto in qualche modo collegato. In effetti, Stella distante prese vita nel preciso istante in cui Herralde, nel suo ufficio alla Anagrama, domandò a Bolaño se avesse qualche romanzo inedito, qualcosa di scritto da poco che potesse essere pubblicato. Quel romanzo non esisteva, ma Bolaño disse il contrario e nel giro di tre settimane – a tempo di record – lo scrisse prendendo in prestito – per risparmiare tempo, ma anche perché la sua opera si è sempre sviluppata attraverso questi travasi da un romanzo all’altro – un numero cospicuo di parole da La letteratura nazista in America. Tra il finale di questa («Stammi bene, Bolaño, disse alla fine, e se ne andò») e quello di Stella distante («Abbia cura di sé, caro mio, disse alla fine e se ne andò») credo che preferirò sempre «Stammi bene, Bolaño». Ma questo, ovviamente, è solo un aneddoto. Invece non lo è il fatto che, nei giorni successivi alla consegna del manoscritto ad Anagrama, Bolaño abbia attraversato un periodo difficile e, al tempo stesso, felice (era contento per il colpo di fortuna che sembrava aver avuto), durante il quale un certo timore si mescolava a una lieve risata nervosa, come se gli facesse paura ma lo facesse anche sorridere che nella casa editrice potessero scoprire che in una parte del testo aveva plagiato sé stesso.

Tutto, nella fase successiva a Stella distante, fu all’insegna dell’intensità e del tempo record. Tanto che a volte me lo immagino protagonista di Sur le passage de quelques personnes à travers une assez courte unité de temps [Sul passaggio di alcune persone attraverso un’unità di tempo piuttosto breve], il cortometraggio di Guy Debord.

«A Paula, con l’affetto e l’ammirazione del suo amico a tempo di record. Roberto. Blanes, marzo ’97», scrisse su una copia di La senda de los elefantes [Il sentiero degli elefanti], libro edito nel ’94 dal Comune di Toledo. Della quarta di copertina di questo libro mi colpisce che in realtà sia stata redatta pochissimo tempo prima che la sua vita di scrittore subisse un’importante svolta, eppure la quarta di copertina non solo non sembrava affatto in grado di prevederlo, ma al contrario avrebbe dissuaso qualsiasi lettore, dato che la biografia che tratteggiava non avrebbe potuto essere più scoraggiante, era di infima categoria, sembrava provenire dal penultimo girone infernale: «Roberto Bolaño è nato a Santiago del Cile nel 1953. Ha lavorato come critico letterario e traduttore. Ha diretto la rivista Berthe Trepat. Alcuni suoi componimenti sono apparsi in diverse antologie di poesia cilena contemporanea. Ha pubblicato tre libri di poesia: Reinventar el amor [Reinventare l’amore], Taller Martín Pescador, Città del Messico 1976. Muchachos Desnudos bajo el Arcoíris de Fuego [Ragazzi nudi sotto l’arcobaleno di fuoco], Ed. Extemporáneos, Città del Messico 1979 […]».

A partire dalla fine del ’96, molte delle mosse di Bolaño sembravano portare il marchio del tempo record, oltre a essere avvezze alla vertigine. Riprendo il mio diario personale e vi trovo annotati i miei viaggi del 1997 e del 1998 a Blanes, viaggi inizialmente finalizzati a vedermi con Paula, e poi, quando lei smise di lavorare nel liceo della cittadina ma mantenne la sua casa con terrazza affacciata sul mare, a ritrovarci, Paula ed io, con Carolina e Roberto e cenare per un lungo periodo di strana fissazione in un orribile ristorante cinese per il quale andavamo matti. Con il passare dei mesi, divenne un rito trascorrere la giornata o il fine settimana a Blanes e andare a prendere Lautaro a scuola, o prepararsi per accogliere il grande amico di famiglia, A. G. Porta, con il quale finivamo per perderci nelle più complesse discussioni metafisiche quando calava la sera al bar del porto. Jordi Llovet, Pons Puigdevall, Gonzalo Herralde e Luisa Casas, Javier Cercas e famiglia, Joan de Sagarra e María Jesús de Elda, Carles Vilches, Gina e Peter, fra gli altri, passarono da Blanes nei primi mesi del ’97 e il mio diario, naturalmente, ha registrato tutto. Movimenti, feste, nomi, eventi, è stato tutto trascritto, persino una frase ridicola come quella pronunciata da Vilém Vok una sera al Casino, quando aveva detto che Bolaño era caduto nelle braccia del fantasma dell’Umanità…

Che cosa aveva voluto dire? Ah, be’, poco importa ormai. Magari aveva ragione. Dopotutto, l’Umanità in quel periodo viaggiava sul treno per Blanes.

Un 22 luglio del 1997, Javier Cercas presentava Stella distante alla Llibrería 22 di Girona e, dopo la cena, ci fu una grande festa, oserei dire esistenziale – quasi nello stile di un film di Antonioni –, a casa di Pepa Balsach e Ángel Jové. E come degna conclusione della serata, un ritorno in macchina a Blanes alquanto movimentato e inquietante.

Il 29 settembre Roberto e Carolina vennero a Barcellona e furono nostri ospiti nell’appartamento al numero 80 della Travesía del Mal, dove diedero un’occhiata al plico di lettere giornaliere che, ormai da due anni, ricevevo puntualmente ogni pomeriggio da una sconosciuta, il cui stile aveva finito per diventarmi familiare: procedeva sempre nello stesso modo, iniziava il discorso con una prosa serena, rassicurante, e poi perdeva il controllo delle parole e, mandando all’aria l’insulsa normalità della buona educazione, si inoltrava in un caos narrativo che minava la correttezza iniziale (tale struttura, peraltro, mi ricorda quella di Libro, formidabile romanzo di José Luis Peixoto). Bolaño scelse una lettera a caso per leggerla ad alta voce e all’improvviso proclamò, per lo stupore di tutti i presenti, che era scritta molto bene. Il meglio di quel proclama furono le ragioni che addusse per giustificarlo, ragioni finanche convincenti che dimostravano che, come lettore, sapeva trovare in qualsiasi testo, per stravagante che fosse, un minimo spunto, un aspetto degno di nota.

Un’ora dopo, uscivamo dal nostro appartamento diretti nel vicolo che si trova di fianco alla libreria La Central, dove una allora giovanissima e sconosciuta Alicia Framis, che in quel momento si trovava ad Amsterdam ed era quindi ignara del clamore che avremmo creato intorno alla sua opera – e in un altro periodo era stata mia vicina della Travesía del Mal, l’unica artista che conoscevo in quel viale spaventoso –, esponeva, nel seminterrato di una galleria che non visitava nessuno, un immenso pannello intitolato Una casa para siempre [Una casa per sempre], in omaggio a uno dei miei libri. Il pannello era percorso da righe bianche e nere orizzontali, e su quelle nere erano inserite un’infinità di parole.

Siamo rimasti un bel pezzo in quel seminterrato perché Roberto diceva di essere stupefatto da ciò che stava vedendo. Di certo vedeva più di noi. «È magnifico», ricordo che ripeté più volte, e fece in modo che anch’io finissi per vedere quella «casa per sempre» con altri occhi e cominciassi a immaginare così tanti motivi per cui quella cosa era geniale che adesso, se volessi riprendere la questione, potrei anche addurre più ragioni di quelle necessarie.

Il 18 dicembre, da Happy Books, si tenne la conferenza stampa di Chiamate telefoniche, e alla sera Ignacio Echevarría presentò il libro nella sede dell’ICCI (Institut Català de Cooperació Iberoamericana). Ricordi confusi. Ma non del libro. Tra i racconti, Joanna Silvestri, dedicato a Paula, e Enrique Martín, dedicato a me, forse perché mi chiamo Enrique come il protagonista, anche se non credo di assomigliare per niente a quel poeta estimatore di Miguel Hernández e León Felipe. Sensini, senz’altro il miglior racconto del libro, non era dedicato a nessuno, per quanto fosse ovvio che era il racconto più dedicato di tutti, giacché era stato pensato per il grande Antonio Di Benedetto, che si aggirava come uno spettro, nella sua solitaria fase finale, per i concorsi letterari della provincia spagnola.

Il racconto Enrique Martín non è dei migliori, ma il libro nel suo complesso è imponente e presenta, fra le altre cose, un’interessante e complessa analisi – credo in dialogo con I detective selvaggi, che stava per vedere la luce – della tensione provata da ogni scrittore contemporaneo fra mercato, consacrazione e resistenza. Come notano Andrea Cobas e Verónica Garibotto nel loro saggio Un epitafio en el desierto [Un epitaffio nel deserto], Bolaño in quel libro ha descritto le tre mere e inveterate possibilità che si trova davanti ogni scrittore contemporaneo: adeguarsi alle regole del mercato (come quella moltitudine di grigi scrittori competenti); sottrarvisi del tutto e portare avanti un lavoro sotterraneo e sconosciuto, come quello di Enrique Martín; o, come fanno Sensini o lo stesso narratore del testo omonimo, o ancora il Belano del racconto Enrique Martín, entrare a far parte dell’industria editoriale, ma senza accettarne del tutto le regole, flirtandovi e infrangendone qualche codice (il Belano de I detective selvaggi che si fa beffe di tutti quegli sbruffoni madrileni e della Fiera del Libro, ad esempio).

Abbiamo parlato di tre vie, di tre mere possibilità che si trova davanti ogni scrittore contemporaneo. Ma in Chiamate telefoniche, racconto che dà il titolo al libro, spuntava, come lasciata cadere distrattamente, una quarta via, che conteneva una temibile verità:

«Anche B pensa che il vicolo sia cieco».

Non era cieco prima del 1996? Due anni dopo, ormai lo era completamente, potrei quasi giurarci. A volte penso che tutta l’opera principale di Bolaño, scritta a tempo di record fino alla sua morte nel 2003, si sviluppi interamente nel vicolo più impenetrabile, quello di cui parlavo prima: uno scenario cupo e mortale, senza luce del paradiso né vie di scampo per chi ha percepito con sgomento che, dopo aver messo a punto la propria macchina dell’anonimato, ha visto realizzarsi il proprio desiderio, ma resta per forza mortale: la sua stella è stata vista, individuata dai corvi del nuovo territorio nel quale si è inoltrato.

Prima del 1996 non c’era vicolo cieco, né problemi per uscirne. A parte gli impervi muri di mattoni popolati di spettri, con la serenità che irruppe nella sua vita grazie alla stabilità che gli infondeva il rapporto con Carolina, poté vivere libero come se si trovasse ai tempi in cui gli scrittori erano simili a dèi e scrivevano al solo scopo di comunicare con i morti e non avevano mai sentito parlare del mercato, erano misteriosi e solitari, si perdevano in atmosfere di perdizione, umorismo e poesia.

I primi di febbraio del ’98 venne a sapere, troppo tardi, della morte di Mario Santiago, avvenuta in Messico il 10 gennaio. Juan Villoro aveva scritto Un poeta, il suo necrologio su La Jornada, ma a Blanes la notizia era arrivata tardi e quando ciò era accaduto, era giunta in modo telegrafico, senz’altra informazione che quella della morte, e aveva abbattuto come non mai Bolaño, che l’estate precedente aveva scritto all’amico per raccontargli che si chiamava Ulises Lima nel romanzo che stava scrivendo, I detective selvaggi.

Mario Santiago lasciò un’ultima poesia (si può leggere su una parete della pulquería La hija de los Apaches, nel quartiere della Romita, a Città del Messico), dei versi che, a seconda di come li leggiamo, sembrano un commento al finale di Stella distante («Abbia cura di sé, caro mio, disse alla fine e se ne andò») e anche, in modo inquietante, alla stessa morte del poeta, la morte di Mario, la sua morte repentina dopo essere stato fatalmente investito da un’auto: «Cos’altro se non / saper uscire dalle corde / & darsi botte da orbi al centro del ring / La vita è 1 batosta sorda / Allucinazione da Efe Zeta / Film di Juan Orol / Meglio andarsene così / di sperma in bianco o come se fosse una passeggiata / Abbozzando la posizione del feto / Ma ora sì / definitivamente / & all’inverso».

«Mario era un poeta poeta», disse Bolaño alla fine di quell’anno in un’intervista su I detective selvaggi. Probabilmente, data la sua condizione di innegabile bardo con una più che probabile faccia da santo, era il poeta al quale si riferiva Bolaño quando nelle prime righe di Enrique Martín parlava di una persona che poteva sopportare di tutto. Mario Santiago era un poeta poeta che aveva capito in tempo che bisognava saper uscire dalle corde. È questo il punto, cioè è di questo che si tratta, that is the question: il vicolo è cieco, ma ciò non vuol dire che non sia importante saper uscire dalle corde.

«Un poeta può sopportare di tutto. Il che equivale a dire che un uomo può sopportare di tutto. Ma non è vero: sono poche le cose che un uomo può sopportare. Sopportare veramente. Un poeta, invece, può sopportare di tutto. Siamo cresciuti con questa convinzione. Il primo enunciato è vero, ma conduce alla rovina, alla follia, alla morte».

«Chiamo classici coloro che non facevano ancora della letteratura un mestiere» (Jules Renard, Diario). La rovina, la follia e la morte, oltre alla grande truffa rappresentata da ogni giovinezza sono al centro de I detective selvaggi, questo è risaputo, quello che invece si sa meno è che la struttura centrale del libro ebbe come modello Le porte del paradiso, opera di uno scrittore polacco oggi pressoché dimenticato, Jerzy Andrzejewski, e anche La crociata dei bambini di Marcel Schwob (già adottato anni prima da Faulkner per Luce d’agosto). Questi due libri e Luce d’agosto erano come bibbie per Bolaño, ricordo bene la conversazione riguardo a Andrzejewski al Terrassans, un pomeriggio di marzo del ’98, alcuni giorni prima che compiessi cinquant’anni e festeggiassimo al ristorante Massana di Barcellona, dove lui vide frustrata la sua intenzione di leggere qualche frase spiritosa che aveva scritto per l’occasione: «Prima che faccia giorno, un attimo di silenzio per prendere la parola […] Il mio amico Enrique oggi compie diciassette anni e basta. Perché diciassette anni in letteratura sono una quantità spaventosa…».

Di tutto ciò che ci siamo detti quel giorno al Terrassans la cosa più interessante riguardava quello che potremmo chiamare il «fattore fuga dal labirinto», quelle tre vie o mere possibilità che hanno intuito con tanto acume Andrea Cobas e Verónica Garibotto; le sole possibilità che si trova davanti ogni scrittore contemporaneo; chiunque abbia un minimo di onestà non può smettere di domandarsi per quale opzione propendere e se solo una di esse sia abbastanza soddisfacente o se in realtà il vicolo, come abbiamo intuito a un certo punto, sia cieco.

Ad agosto di quel 1998, mi diede, da «scrittore di una volta» quale era, dei consigli vitali, quasi allucinatori, per risolvere un problema nel quale mi ero invischiato nello scrivere il mio nuovo romanzo, Il viaggio verticale. Mi sembrava che nel libro non succedesse niente, e glielo dissi proprio così. Lui però vide l’esatto contrario. Tu credi che non succeda niente, disse sorpreso, e invece succedono così tante cose, ma davvero tante. Si replicò la scena del seminterrato nel quale Alicia Framis esponeva Una casa para siempre. È magnifico quello che succede in quelle pagine, mi disse con grande entusiasmo per il mio viaggio verticale portoghese, e in tutta la mia vita nessuno mi aveva mai incoraggiato tanto. Momento indimenticabile, quello, perché ebbi l’impressione di aver compreso di colpo in che cosa poteva consistere esattamente saper uscire da una situazione in cui siamo intrappolati.

Il 2 novembre riceveva il premio Herralde per il suo sorprendente – dato il tempo record in cui sembrava averlo scritto – I detective selvaggi, romanzo che, ad ogni modo, non era spuntato dal nulla, come alcuni pensavano, ma dall’implacabile macchina dell’anonimato: Bolaño impiegò il vastissimo materiale accumulato negli anni in cui si era rafforzato nel silenzio.

Il 6 dicembre, al mattino, cambiò casa e con Carolina e Lautaro si trasferì, sempre a Blanes, al 13 di Carrer Ample, secondo piano. E il 16 dicembre ci fu la presentazione de I detective selvaggi a Barcellona. Prima parlò Jorge Edwards e poi venne il mio turno e lessi il testo Bolaño en la distancia [Bolaño a distanza], che consisteva in una serie di brevi movimenti teatrali, attraverso i quali, mentre leggevo, mi avvicinavo e mi allontanavo di continuo da Bolaño. Un testo intuitivo e premonitore giacché prevedeva le modulazioni che a partire da quel momento avrebbero segnato il nostro rapporto. Tra i presenti ricordo Carolina, Herralde e Lali Gubern, Gina e Peter, Carles Vilches, Menene Gras, Paula de Parma, Ignacio Martínez de Pisón, Javier Cercas. A Edwards saltò in mente di dire che il romanzo era buono, molto buono, ma che doveva confessare di non averlo finito, e ricevette una strigliata colossale – oserei dire epica – dall’autore. Quella strigliata mi risuona ancora nelle orecchie e, quando succede, immagino che Proust, Joyce, Schwob e Andrzejewski vi si associno, come se fossero loro quelli arrabbiati.

Che fare? Ciò che più risuona in me di quell’epoca è questa domanda ancora attuale, commentata a fondo insieme a Roberto, quel pomeriggio ai tavolini all’aperto del Terrassans. «Una volta dentro, fino al collo», diceva Céline. Ed è proprio così: fino al collo. Ed è così che si può osservare che le vie possibili – integrarsi; essere uno scrittore sotterraneo; entrare a far parte dell’industria e sovvertirne le regole – stanno pericolosamente perdendo interesse e ampiezza. Sembravano generose aperture verso l’esterno, ma non lo sembrano più. Il vicolo cieco non ha nessuna finestra che dà all’esterno, ma bisognerà ugualmente saper uscire dalle corde. Qualsiasi poeta poeta finisce per passare molto tempo nell’oscuro vicoletto, macchina vivente dello schivo anonimato, se ne esistono. Lì ti rapinano, ti sfottono, ti pedinano, ti chiedono da accendere, ti fregano, ti raggirano, ti fanno paura, ti sparano. Non c’è niente fuori dal vicolo cieco, solo il ricordo dei giorni felici, dei giorni in cui si accumulava energia («sono ancora muto – scrisse un giovane Nabokov – e mi rafforzo nel silenzio; le remote creste di opere future, tra gli spettri della mia anima, sono ancora nascoste come le cime delle montagne avvolte dalla nebbia prima dell’alba») con l’idea di poter finalmente arrivare, una sera, a prendere la parola, la parola tante volte rimandata, e dire che uno… uno, ebbene, dire che uno è sempre stato Jack lo Squartatore. Sì, da lì si comincia. E proprio lì si finisce.

Di recente, al festival di Paraty, in Brasile, ho tenuto una conferenza radicale sulla condizione della letteratura nel mondo d’oggi. L’ho intitolata Música para malogrados [Musica per sventurati] e, fra le altre cose, ho detto che in realtà, per quanto riguarda la letteratura, è tutto finito, anche se, fortunatamente, forse si può ancora discutere di questo, ma è innegabile, ho detto, che la prosa sia uno dei tanti prodotti del mercato: qualcosa di interessante, distinto, faticoso, rispettato, ma di irrimediabilmente insignificante… C’è da chiedersi, ho detto, se gli scrittori non debbano essere soltanto letti anziché essere visti, perché ho sempre pensato che nel preciso istante in cui gli scrittori hanno iniziato a essere visti, si è rovinato tutto.

Il giorno dopo, i giornali brasiliani hanno scritto che avevo messo in discussione il festival stesso, dove tanti scrittori sarebbero stati visti, me compreso. Ho avuto l’impressione di non essere stato capito, o forse il contrario, ero stato capito eccome, in modo pericoloso e fin troppo esaustivo e la vendetta dello studio ovale si era già scatenata. Quella sera mi sono chiesto perché, perché tutto ciò, perché quella conferenza radicale che provava a delineare le possibili vie che ha a disposizione uno scrittore contemporaneo che voglia essere libero. Avevo forse ottenuto qualcosa con la mia arringa? Ero soltanto riuscito a destare scalpore in un nutrito gruppo di signore brasiliane, ma per il resto non era cambiato niente e avevo anche dato l’impressione – cosa che non mi proponevo affatto – di essere un tipo che si complicava la vita inutilmente.

In hotel, all’ora di cena, ho visto gli scrittori inglesi e statunitensi, tutti così famosi e giramondo – Franzen, McEwan, Kureishi –, e mi sono reso conto che tutto per loro era molto più semplice, si dedicavano alla narrazione e non perdevano tempo con inutili posizioni sediziose, vecchie polemiche marxiste e tutto quel gergo rivoluzionario di un tempo. E per di più erano ricchi, famosi e felici.

Quando l’ho raccontato a un giornalista brasiliano, questi mi ha sorpreso dicendomi che mi sbagliavo. Non creda che le cose stiano così, ha detto, stamattina ho parlato con McEwan ed è venuto fuori che non se la passa poi così bene, mi ha detto che a volte è infelice perché rimpiange gli anni in cui nessuno lo conosceva e poteva scrivere tranquillo.

Sono rimasto un attimo in silenzio. Ho sorriso. Mi è sembrato di aver fatto un passo avanti, lì a Paraty, in modo da poter sapere un giorno, al ritmo più brioso possibile, come uscire dalle corde. Ed è stato allora che mi sono ricordato inevitabilmente di Bolaño e non ho potuto fare a meno di invidiarlo immaginandolo finalmente libero da tanta meschinità, poeta ormai per sempre, lontano dalle mosche della vecchia macelleria di Blanes. Né templi né giardini. Né mafie né vicoli ciechi. Libero, come un mirabile poeta troiano.

Published November 14, 2016
Testo pubblicato da V-M nel catalogo dell’Archivo Bolaño 1977-2003
© 2003 Enrique Vila-Matas
© 2016 Specimen

Writers From the Old Days (Bolaño in Blanes 1996-1999)

Written in Spanish by Enrique Vila-Matas


Translated into English by J. S. Tennant

What else is there / other than knowing how to get off the ropes
–Mario Santiago

Augusto Monterroso wrote that sooner or later the Latin American writer faces three possible fates: exile, imprisonment or burial.

I met Roberto Bolaño right at the end of his period of imprisonment, although it would be more properly called one of anonymity, of isolation, being shut away.

I met him on the 21 November 1999 at Bar Novo in Blanes, a kind of granja catalana, one of those places characterised by their spotless milk-churn decor, but in reality they’re as foul as they are supposedly hygienic and all the more so for those who, like me in those days, loved the murky darkness of big nocturnal bars.

I’d gone into the Novo with Paula de Parma to have a juice, and I’d just ordered it when Bolaño walked in. Paula, who used to work at a secondary school in Blanes, had just read Distant Star (recently published by Anagrama) and I remember like it was yesterday her asking Bolaño if he was Bolaño. He was, he said. And I, Bolaño added, was Vila-Matas…

‘Jesus Christ!’ we heard uttered soon after.

The exclamation was Bolaño’s, and I have the impression the following conversation lasted as long as ‘the drawn out laughter of all these years’, as Fogwill would say.

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© 2003 Enrique Vila-Matas
© 2015 The White Review


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